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Pueblo Originario | March 26, 2017

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La “Fábula” de los Quilmes

La “Fábula” de los Quilmes

Alfredo Turbay nos ofrece a través de su investigación histórica, arqueológica etc un estudio extenso de la conocida “Ruinas de Quilmes”. El autor entrega un amplio estudio sobre lo que él llamará “La Fábula de los Quilmes” .En su libro “La Fortaleza – Templo del Valle Calchaquí” de 1983, Editora Distribuidora Cautelar Chivilcoy 1849, Castelar República Argentina, el autor ofrece lo que podríamos llamar a nuestro criterio, la verdadera historia de los Quilmes.
He aquí un resumen del mismo:
“Dedicatoria: A Tucumán, mi provincia natal, como aporte para que la restauración de los monumentos del pasado prehispánico argentino, sea realizada de acuerdo con la verdad Histórica. Alfredo Turbay”
“El imperativo moral de rectificar conceptos-desgraciadamente muy generalizados- sobre el origen de un gran poblado indígena de Tucumán prehistórico, nos llevo a escribir este libro. Nos referimos al llamado “Fuerte de los Quilmes”; designación que usaron los conquistadores españoles en el siglo XVII y fue tomada, equivocadamente, por generaciones posteriores, como indicativa de la parcialidad indígena que lo había construido. Al mismo tiempo, se fue tejiendo con relación a estos hechos, una “historia” (mejor diríamos una fábula), cuya falsedad se pondrá en evidencia –por primera vez- en este libro. Lamentablemente, el error no solo perduró hasta hoy, sino que, aventado por la rapidez de las comunicaciones masivas de nuestra época, se ha extendido con la amplitud y celeridad con que hacen las malas simientes. Así, a diario, se puede leer en prestigiosos periódicos o ver y escuchar por televisión o radio, lo que en este libro llamamos la “Fábula de los Quilmes”, sin que se haya levantado hasta hoy ninguna voz para rectificar en error histórico que la propaganda turística –mal asesorada- contribuye grandemente a difundir…

…No nos mueven propósitos de polémica a la que consideramos negativa y estética; solo buscamos la Verdad en sucesos que ocurrieron en la prehistoria a la luz de los conocimientos arqueológicos –incompletos-, desde luego- que poseemos hasta este instante, el de redactar estas líneas. Pero la ciencia, en constante progreso por la permanente investigación, los nuevos descubrimientos y el avasallante avance tecnológico, convierte frecuentemente, lo que antaño se tenía por verdad indiscutible, en un concepto erróneo. Tal pasó, por ejemplo, con lo que se sabía de los indios de Quilmes, tema de venideros capítulos; tal puede pasar, si nuevos descubrimientos así lo aconsejan, con algunos conocimientos arqueológicos que actualmente poseemos… La Fábula de los Quilmes (Cap. 3).  Usamos en estas páginas –sin eufemismos alguno- la palabra “fábula” con el significado que le dan los diccionarios. En el Espasa-Calpe, por ejemplo, puede leerse: “Fábula: relación falsa, mentirosa, de pura invención, destituida de todo fundamento y verdad histórica”.
El hecho atribuido a los Quilmes todo el peso contra el español, es falso; es decir que fueron los más bravos en su lucha, es exagerado; y atribuirles la construcción del poblado indígena fortificado que lleva su nombre, constituye una afirmación “destituida de todo fundamento y verdad histórica”, como lo vamos a demostrar. La fábula de los Quilmes es añosa; no de hoy, ni de hace poco tiempo; sus orígenes arrancan del siglo XVII y en la siguiente centuria la recogió y apadrino el historiador jesuita don Pedro Lozano (1) que la publicó en el cuarto tomo de la obra que citamos más adelante y quedó, sin trascender mayormente al público, dormida en algún empolvado anaquel de biblioteca, hasta que un infatigable arqueólogo don Juan B. Ambrosetti, la exornó y revitalizo con su entusiasta, aunque equivocado, apoyo intelectual (2).
Corría el mes de Noviembre del año 1896, cuando este prestigioso arqueólogo, luego de visitar Tafí del Valle donde estudió algunos de los menhires existentes allí, pasó a Amaicha del Valle para seguir a las ruinas del poblado fortificado. Acampó en ese lugar, al pie del cerro Alto y permaneció hasta principios de Marzo de 1897. Lo acompañaba un excelente dibujante, el señor Federico Voltmer, además de don Santiago París y don Emilio Budin.
Esta era la segunda expedición enviada por el Instituto Geográfico Argentino a los Valles Calchaquíes para estudiar las ruinas arqueológicas. Por lo tanto, a pesar de lo que mucha gente cree, Don Juan B. Ambrosetti no fue el “descubridor” de las ruinas de la ciudad prehistórica del Tucumán, ni tampoco el primero que escribió sobre ellas; mucho antes, en 1883, el Sr. Lafone Quevedo las había descripto en su publicación “Londres y Catamarca” y unos años más tarde, pero antes que Ambrosetti, lo hizo el doctor Herman Ten Kate.
Por otra parte, estas ruinas abandonada por sus constructores eran muy conocidas desde el principios del siglo XVII no sólo por los indígenas que la utilizaban temporariamente como refugio y también como base de operaciones para sus malones, sino también por los españoles.
A mediados del siglo XVII, posiblemente durante el segundo levantamiento Calchaquí, estuvo ocupada por los Quilmes, por la que las autoridades españolas designaron el lugar con el nombre de “Fuerte de San Francisco de los Quilmes”. Esta designación se refería –como lo demostraremos más adelante- a los ocupantes ocasionales de la fortaleza y no sus constructores ya que los españoles conocían muy bien quiénes la habían realizado.
Ese nombre de “Fuerte de San Francisco de los Quilmes” perduró, tal vez por estar asociado a las importantes ruinas de una ciudad misteriosa que despertaba gran admiración en las gentes que la conocían. Nombre, el de Quilmes, fácil de pronunciar y retener al lado del de otras tribus como Anguinanes, Huachaschis, Guampolones, Suchagastas, o Mutquines, fue convirtiéndose en sinónimo de heroísmo posiblemente, por adjudicación gratuita de las hazañas que realizaban otras parcialidades de nombres difíciles de recordar y pronunciar, a los Quilmes.
Así fue surgiendo y consolidándose la fábula por la inclinación de las gentes poco ilustradas a convertir en mito los hechos o las personas que excitaron sobremanera su imaginación; se fueron agregando, una a una, las inexactitudes a lo erróneo y lo falso. La fábula tuvo mucho tiempo para hincharse con la levadura de la imaginación de la gente que al final la aceptaba como una indiscutible verdad.
Aun hoy, en 1982, puede leerse en una publicación tucumana, infundada afirmación: “Pueblo belicoso (el de Quilmes)…contaba con una avanzada grado de organización, como lo demuestra la magnitud de las fortificaciones que construyó”.
Este concepto es tan ilógico y disparatado, como afirmar que las tribus negras del Congo o Uganda “contaron con un avanzado grado de organización, como lo demuestran las pirámides de Egipto y el templo de Luxor que construyeron”.
El párrafo citado ha sido tomado por los contemporáneos autores casi literalmente de la pág. 5 de la “Antigua Ciudad de Quilmes”, de don Juan B. Ambrosetti que transcribimos más adelante.
Pero volvamos a nuestros temas después de esta breve digresión.
Hacía más de sesenta años que el mito de los Quilmes rodaba por el Valle Calchaquí y más allá aún de sus bellas serranías, cuando llegó a América un talentoso joven jesuita, historiador y etnógrafo, Don Pedro Lozano, Madrileño, nacido en 1697, entro a la Compañía de Jesús a los catorce años; en 1717 y, apenas cumplido los veinte, ya estaba en América. Desplegando una inusitada actividad, en los treinta y cinco años que le quedaban de vida –murió en Humahuaca en 1752- recorrió el Paraguay y la Argentina; estudio a los indígenas de ambas naciones y a los del Gran Chaco y publicó numerosas y muy extensas obras, entre las que destacamos la que más interesa para este estudio: “Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán” (1).
Quizá, falto de tiempo o de medios materiales para investigar a fondo lo que escribía, recogió la fábula de los Quilmes y la jerarquizó al otorgarle el privilegio de la tinta y los tipos de imprenta, asegurando de este modo la supervivencia del error a través de los siglos.
Cuando don Ambrosetti, maravillado, seguramente, por la magnitud y la importancia de las ruinas de la ciudad fortificada, buscó referencia históricas que le permitieran conocer el origen de lo que, con tanto interés acababa de ver, no encontró ninguna fuente mejor que la de don Pedro Lozano, eminente historiador cuya máxima obra acababa de editarse hacía solo hacía solo ventidos años.
El mérito mayor de la misma, radicaba en que había recogido los datos a sólo setenta años de producidos los hechos. Es así que, con evidente admiración, don Juan B. Ambrosetti transcribe del Jesuita don Pedro lozano, la siguiente: “Historia de los Quilmes”
“Según el padre Lozano, los Quilmes fueron la parcialidad de indios más belicosa y rebelde que tuvieron los españoles en el valle Calchaquí. Recién en 1667 pudo sujetarla por las armas el gobernador Alonso Mercado y Villacorta, y, arrancándolas de sus hogares, lo hizo transportar en número de 2000 (3) al lugar cuyo nombre han legado a una localidad de la Provincia de Buenos Aires”.
“El mismo Lozano (Tomo IV, pág. 9) asegura que los Quilmes eran una nación de indios que no pertenecían al Valle Calchaquí, sino que en cierta época, vinieron del lado de Chile para no someterse al dominio del Inca y narra el episodio con estas palabras, al describir el espíritu de independencia que animaba a los Calchaquíes”:
“…los Calchaquíes se preciaban mucho de no haber admitido jamás dominio extranjero, ni reconocido el vasallaje al Inca como otros de sus vecinos, ni permitir aún a sus vasallos, asentar el pie en sus países, en prueba de los cual se sabe que como los Quilmes vinieron de hacia la parte de Chile a éste Calchaquí, para no sujetarse a los Peruanos, que por aquel reino daban entonces principio a sus conquistas, los recibieron los Calchaquíes con las armas en la mano y tuvieron con ellos sangrienta guerra, creyendo eran vasallos del Inca, hasta que enterados de que venían fugitivos de su patria, por no sujetarse a aquél monarca celebraron paces y dieron grata acogida en su país, aplaudiendo su resolución, y después de tiempos, emparentando con ellos, fue esta parcialidad de Quilmes una de las más famosas de Calchaquí”.
“Estos datos del Padre Lozano, uno de los autores más serios y más verídicos de la época colonial, son de inestimable valor para nosotros, pues sintéticamente no refieren la historia pre-colombina de esta nación india exótica, y, también, su razón de existir, dentro del territorio de otra, los Calchaquíes, tan belicosos como ellos”.
“Además esta alianza entre los Calchaquíes y los Quilmes, hasta de sangre, por haber emparentado con los vecinos, nos resuelve el problema de la similitud de los objetos que encontramos en ambos pueblos y que, sin este dato tan precioso, no habría como explicarlo. No por esto debemos creer que los Quilmes perdieron sus costumbres y carácter propio; pues si bien es cierto que los hallazgos arqueológicos nos demuestran grandes puntos de contacto con los Calchaquíes, ahí están las ruinas colosales de su ciudad, las que, como disposición y por la abundancia de edificios circulares, son únicos hasta ahora en su género, demostrando con esto que sus constructores poseían cierto grado de cultura, independiente de la de aquellos, que parecía obedecer a leyes especiales de un atavismo seguramente exótico”. (4)
Tal es la “historia” que dos eminentes personalidades, el historiador del siglo XVIII don Pedro Lozano, y el arqueólogo del siglo XIX, don Juan B. Ambrosetti, nos cuentan, honradamente, de los indios Quilmes. Pero, a la luz de los nuevos estudios, investigaciones y descubrimiento arqueológicos de muchos y muy buenos especialistas que iremos citando en este trabajo, esa historia que ellos antaño contaban, hoy es una fábula.
Tan inexacta como la teoría de Tolomeo de que la Tierra era plana y centro de rotación de los astros.
Lo malo de esa fábula es que, después de doscientos cincuenta años aún sigue rodando, no sólo por los hermosos valles de noroeste argentino, sino también, aventada por el progreso de las comunicaciones, hoy masivas, por toda la República y quizá, por todo el mundo.
Rectificar viejos errores no es menoscabar la memoria de los que cometieron, pues se trata de afirmar la verdad sin atacar personalmente a nadie. No era fácil en esa época conseguir la información necesaria para opinar correctamente. Los hechos habían sucedido en la Prehistoria o en la Protohistoria –período de transición entre la primera y la Historia- no había documentos; las informaciones eran verbales, distorsionadas o, a veces, influenciadas por la desconfianza, el interés o el temor. No había, como hoy, bibliotecas públicas, ni abundancia de libros; menos aún, personas dedicadas totalmente a la investigación. Era casi imposible conseguir toda la información necesaria y veraz para juzgar acertadamente sin cometer errores históricos o de apreciación que aún hoy cometemos.
Es con ese espíritu y con el mayor respeto por los dos prestigiosas figura de Lozano y Ambrosetti, que abordamos la redacción del siguiente capítulo.

(1) Lozano, Pedro. 1875.
(2) Ambrosetti, Juan B. pág. 4
(3) En realidad, como se verá más adelante, los Quilmes expatriados integraban 260 familias que, a 5 individuos por familia hacen 1300 indios, de los cuales 300 eran adultos de “armas llevar”.
(4) La bastardilla negra es nuestra.

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