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Pueblo Originario | June 23, 2017

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La Antigua Provincia de los Diaguitas: Delimitación geográfica

La Antigua Provincia de los Diaguitas: Delimitación geográfica

La región diaguita comprende un territorio irregular en la actualidad:sudoeste de Salta,Catamarca, los valles occidentales de Tucumán, La Rioja,el oriente de San Juan y Santiago del Estero limítrofe con Catamarca.Delimitación geográfica del área de expansión de los diaguitas
La región diaguita comprende un territorio irregular que puede señalarse, en la actualidad, como la parte sudoeste de Salta, toda Catamarca, los valles occidentales de Tucumán, toda La Rioja excepto su parte más meridional, el oriente de San Juan y la región de Santiago del Estero limítrofe con Catamarca. Toda esta vasta zona era conocida bajo el nombre de gobernación del Tucumán en el momento de la conquista, con excepción de la pequeña parte actual, San Juan, que –como todo el resto de esta actual jurisdicción política argentina- dependía de una autoridad distinta: la Audiencia de Chile.
La determinación de esta región se funda en la lectura de los cronistas coloniales que más directamente han tratado de Tucumán del siglo XVI, Barzana, del Techo, Lozana y Guevara y de las corroboraciones realizadas por los arqueólogos modernos. La inclusión del oriente sanjuanino se debe al testimonio de Ovalle y a los muy cortos datos de los estudiosos actuales, según ha de verse. Por otra parte, y como ocurre en el estudio de todo conglomerado histórico, los límites de su expansión no son estáticos y es por ello que ciertas áreas indivisas –verdaderos no mans lands protohistóricos- son necesarias. Además, según Serrano, es necesario hacer notar que a la llegada de los españoles esta región tendía a ensancharse hacia el Chaco por un lado, hacia el norte por la Quebrada del Toro y hacia los llanos de La Rioja y Santiago del Estero por otros. La delimitación de esta área, en su parte septentrional, difícil ya para el propio Boman en un punto al límite entre diaguitas y atacamas, ha de verse facilitada, quizás, por una oportuna revaloración de las constancias documentales y arqueológicas como la intentada por Vignati para obtener la inclusión de los chichas, entre los pueblos aborígenes integrantes del noroeste argentino y para denunciar lo que él cree el verdadero territorio de los atacamas.
El límite norte de los diaguitas en la actual provincia de Salta esta representado –según Moreno, tesis que hace suya Boman- por el Nevado de Acay, accidente orográfico que puede servir, para el caso, de mojón o hito indicador, y por el valle de Lerma. Sólo Narváez, incurriendo en error, aparece incluyendo a los indios de Casabindo en el grupo lingüístico de los diaguitas. Pero los estudios arqueológicos, antropológicos y de otras fuentes documentales, fijan, de manera definida, las diferencias entre diaguitas y atacamas. Boman, partidario decidido de la tesis quichuísta, cree que las relaciones entre ambos pueblos fueron establecidas por los Incas, lo que implicaría una desvinculación entre ellos hasta una fecha muy próxima a la conquista hispánica. Nada de lo poco que conocemos hasta ahora, autoriza, sin embargo, a sostener esta afirmación. Y si bien es cierto que los pasos son altos y su tránsito difícil y peligroso, no lo es menos el que para el indígena de la región, grande e intrépido marchador, la cordillera no debió ser, desde lejanas épocas, obstáculo infranqueable. Por lo tanto, y pese a esta reserva, ya no es lo más seguro repetir, aun, con Ten Kate, que el límite boreal de los Calchaquí queda por fijar todavía.
Bien es cierto que, para Narváez, el territorio de los diaguitas se extendía desde el valle de Santa María hasta Chile, así como menciona que entre los indígenas que servían a Santiago, había indios que vestían como aquellos y hablaban su lengua. Boman, en su obra principal, ha recogido y documentado las afirmaciones del propio Narváez, de Diego Pacheco, de del Techo y de Lozano, respecto de la existencia de los diaguitas en el antiguo Tucumán.
Un asunto particularmente interesante hoy, es el que se refiere al establecimiento de diaguitas en Santiago del Estero. El padre Bárzana les considera como pobladores de una parte de ese territorio, lo cual tiene importancia en conexión con los datos suministrados por los descubrimientos arqueológicos de la llamada civilización chaco-santiagueña que tanta semejanza tiene, en más de un aspecto, como veremos luego, con la cerámica del noroeste argentino.
La ocupación de La Rioja, establecida también por Bárzana, tiene su ratificación en Lozano, que habla, directamente, de los Diaguitas de La Rioja. Esta afirmación es también de sumo interés para explicar como pertenecientes a este substractum los hallazgos arqueológicos superficiales y esporádicos a que también haremos mención al ocuparnos de la cultura material y los que –salvo su forma de aparición- no se diferencian esencialmente de los de la región vecina.
En cuanto al territorio oriental de la provincia de San Juan, señalado por nosotros como perteneciente al dominio de los diaguitas, su determinación es un problema complejo y no totalmente dilucidado, debido a que desgraciadamente, es una de las regiones menos estudiadas por los arqueólogos y etnógrafos modernos. De ahí que la ausencia de estos datos científicos, o su rareza, cree la necesidad de examinar con un criterio meramente presuntivo esta cuestión. En efecto, desde el punto de vista arqueológico, hay una analogía entre la cultura diaguita y la de los habitantes de la región montañesa de la provincia de San Juan. Las publicaciones de series de objetos de la colección Aguiar y de otras más recientes, recogidas éstas con más recaudos científicos, nos permiten señalar la más estricta vinculación entre ellas y los diaguitas, desde el doble punto de vista de la forma y del decorado. Tanto, que hoy es posible repetir con Boman que no hay una sola pieza que pueda se considerada como característica de San juan; se las encuentras a todas en Salta, Catamarca o La Rioja. No se detiene allí el parecido. Las ruinas prehispánicas de la tambería, en Calingasta, son de un carácter muy semejante a las que pululan en la región diaguita. Y, por último, el valor de estas afirmaciones está subrayado por el de la antropología. En su monografía de conjunto sobre el particular, Ten Kate señala con acierto, después de estudiar 119 cráneos diaguitas, que la mayoría de los encontrados en Jachal, en Calingasta y en las inmediaciones de la ciudad de San Juan, procedentes de las sepulturas prehispánicas, se parecen tanto a ciertos cráneos calchaquíes, que hay derecho a preguntarse si no se trata de verdaderos Calchaquíes.
Desgraciadamente, este problema tan transparente hasta el momento, pierde claridad en cuanto apela a la crónica y a la etnografía. Ellas nos revelan que en San Juan vivieron los huarpes. Esto es lo que se observa leyendo a Ovalle, que escribió ochentas años después de la conquista y que establece con prolijidad las diferencias entre éstos y los araucanos, en un punto a talla, pigmentación y lengua. El jesuita Techo nos da una descripción ratificatoria del anterior, hablándonos de estos indios Cuyoenses. De piel muy obscura, delgados y altos, que corrían con extrema ligereza y persistencia. Y agrega, en otra oportunidad posterior, que el misionero jesuita Domingo González sabía la lingua guarpana. Ovalle señala que los huarpes construían moradas miserables de tierra, sin ningún arte, viviendo al uso troglodita en cuevas semisubterráneas hechas a inmediaciones de las lagunas (se refiere a las Huanacache). Techo, también les da la misma vivienda –agregando que tenían tiendas fabricadas con esteras e idéntica distribución. Es evidente, pues, que no se trata de quienes edificaron en la Tambería de Calingasta los hermosos edificios de piedra y en cuyas excavaciones se encuentran manifestaciones superiores de la cerámica y aún el arte de fundir el cobre para realizar con él instrumentos diversos. No es el caso insistir, por lo tanto, en la división de los huarpes en allentiac (sanjuaninos) y millcayac (mendocinos), ni en el problema de sus afinidades o desemejanzas lingüísticas tanto más cuanto que el allentiac ha desaparecido totalmente, aun en la toponimia, para ser reemplazado por el quichua. (1)
Las mismas designaciones oficiales que los españoles dieron a estos territorios, pecan por indeterminadas y contradictorias. Al título de gobernador del Tucumán, agregaban el de las jurisdicciones indígenas comarcanas, Juríes y Diaguitas y, en algún caso excepcional, la extendían hasta los Comechigones. Y el hecho de que la inmensa gobernación de siglo XVI, subdividida luego en las intendencias de Córdoba del Tucumán y de Salta del Tucumán, a partir de la Real ordenanza de intendentes de 1782, ratificada en 1783, haya llegado más tarde, por sucesivas disminuciones de área territorial a dar su nombre a las más pequeñas de las provincias argentinas, no es una circunstancia que agregue claridad a la cuestión.

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