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Pueblo Originario | December 16, 2017

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La Antigua Provincia de los Diaguitas: Viviendas

La Antigua Provincia de los Diaguitas: Viviendas

Los poblados fueron: 1º, los Pueblos Viejos, en las terrazas de cultivo y sin defensas militares; 2º, Pucarás, en lo alto de los cerros, con la construcción de fuertes murallas.De una manera general, puede también admitirse para esta región la clasificación establecida por Casanova para un área septentrional a la nuestra: Los poblados fueron de dos tipos: 1º, los Pueblos Viejos, situadas en las terrazas de cultivo y sin defensas militares; 2º, Pucarás, en lugares hábilmente elegidos en lo alto de los cerros, cuyos taludes forman una defensa natural que se acrecentaba con la construcción de fuertes murallas en los puntos más accesibles. Esto, en lo que respecta a la división clásica de la arquitectura civil y militar. Ignoramos todo lo que se refiere a su arquitectura religiosa, aunque, según veremos, parece inferirse de los datos de los cronistas que verificaban sus ritos al aire libre. En un punto a este aspecto, pues, parece que carecieron de templos especiales.
En predominio que, según las zonas, tiene el tipo 1º ó el 2º de la clasificación precedente, marca, de una manera inequívoca las características íntimas de la población que en ella habitó. Al grupo de parcialidades que correspondieron a la nación Calchaquí -como decía Lozano- poco o mal individualizados hasta el presente, corresponde, por sus hábitos guerreros, una supremacía de la edificación del tipo militar, del pucará.
Todas las cabeceras de los valles, todos los pasos estratégicos de esa zona montuosa, se encontraban así custodiados por esas poblaciones belicosas a las que, para humillarlas definitivamente, hubo que desarraigar de su tierra, repartiéndoles por Salta y hasta enviándoles, en un bloque importante, cerca de Buenos Aires.
La primera descripción de un pucará lo hallamos en Lozano. También don Juan Nuñez del Prado, al invadir el territorio del valle de Famatina para tomar el cerro, experimentó tirana resistencia en los indios, haciéndose fuertes en las fortalezas que tenían construidas en la circunferencia.
En algunos casos, los autores de la época clásica de los estudios arqueológicos no han hecho descripción de los pucarás encontrados, limitándose a levantar de ellos dibujos cuidadosos, lo que hace que extrañemos aún más la ausencia de los datos correlativos. Es lo que ocurre en el caso de las fortificaciones de Loma Jujuy, Cerro Pintado y Fuerte Quemado, de los cuales tenemos los planos de Ten Kate.
Como descripciones más modernas de los pucarás calchaquinos –después de los datos de los cronistas- puede recordarse la que Lange ha hecho del de Aconquija, en el departamento de Andalgalá, provincia de Catamarca, al sud de Santa María y del cual ha trazado planos detallados. La meseta superior de la montaña está rodeada por una muralla de pirca de más de tres mil metros de largo total, de la cual emergen todavía restos que alcanzan una altura de tres metros de altura. De tanto en tanto, saeteras y bastiones permitían a los flecheros indígenas atalayar y lanzar sus dardos sobre todo invasor. En el interior de ese vasto reinado -1200 metros de largo por 660 de ancho- se encuentran restos de numerosas casas hechas del mismo material que la muralla y comprendían, a veces, divisiones internas. El máximo peligro, es decir, el proveniente del agotamiento del agua, estaba en este caso salvado por la existencia, en el interior del recinto fortificado, de un ojo de agua, hoy en seco, pero cuya actividad permitía, en esa época, sostener un sitio de duración indefinida. Boman, que ha visitado personalmente esta fortaleza dice que es admirable por su posición, por su construcción y por el instinto estratégico demostrado por sus constructores, y llega a calificarla de casi inexpugnables. Bruch ha ampliado la descripción.
Este último autor nos ha dado una breve y completa descripción de el gran fuerte de Punta de Balasto, que se levanta sobre un cerro, como a tres kilómetros de un pueblo indígena, cuyas construcciones también ha estudiado. Dicho cerro mide 480 metros de altura sobre el valle resulta un lugar estratégica para dominar la entrada meridional del valle de Santa María, siendo el más elevado del contorno. Sobre su cima, termina en larga y estrecha meseta. La laderas del norte y nordeste son completamente escarpadas, siendo la del sud y oeste, por lo tanto, las que presentan obras de defensa. Lo más notable de estas fortificaciones son las enormes murallas horizontales, más o menos continuas, que protegen admirablemente la subida al cerro en todas sus partes más accesibles: vienen a colocarse en número hasta de siete murallas paralelas, que se elevan equidistantes de diez a veinte metros, y en ocasiones hasta de cincuenta una de la otra, y cuya disposición demuestra nuestro plano. La muralla inferior del recinto fortificado, al sudoeste del cerro, lleva dos grandes torres cilíndricas, a distancia como de 200 metros un de otra, quebrada por medio; la muralla que corre hacia el norte desde la primera torre, es sin duda la más monumental, pues conserva en partes tres metros de alto, medida del lado externo y hasta un metro y medio de espesor. Naturalmente, todas estas obras se efectúan por simple yuxtaposición de piedras, sin amalgama ni cemento alguno.
Queda dicho, pues, que los pucarás se extienden por todo el territorio diaguita. Boman ha señalado su existencia en la Rioja.
Otro tipo de ruinas, según hemos dicho, sería el de los Pueblos Viejos, que, en algunos casos, tienen un volumen tan extraordinario y dan oportunidad al arqueólogo de extraer tanta cantidad de piezas, que permitían suponer han sido habitadas por masas de población mayores que de ordinario. Es el caso, por ejemplo, de las enormes ruinas de la ciudad de Quilmes, cuyas diferentes tipos de construcción ha estudiado Ambrosetti, o de la ciudad de La Paya, acerca de la cual escribió el mismo arqueólogo una monografía, ya citada, que acaso sea su obra capital, y de las que, naturalmente, no están ausentes las obras generales de defensa.
En algunos casos la ausencia de restos de viviendas, unido al hallazgo, bajo superficie (Barreales) o directamente sobre ella (la Rioja) de elementos de la altura material, puede servir para inferir la existencia de pueblos sedentarios y agricultores, no guerreros, que edificaban sus viviendas con materiales perecibles.
Esto nos lleva a estudiar los distintos procedimientos empleados en la construcción de las mismas. Según han observado los autores, estos procedimientos no han sido homogéneos en toda la región. Palavecino ha ensayado recientemente, en un estudio de las áreas de cultura de nuestro país, una clasificación según la cual existirían tres provincia culturales, con otros tantos tipos diversos de habitación: a) la de Santa María, con casas de piedras; b) la de los Barreales, vivienda de quincha; c) la de Angualasto, de barro.
Desde luego, la edificación más común –y más conocida- es la del primer tipo. La casa es generalmente cuadrada –es decir- de la forma que tipifica a la cultura andina, y sólo excepcionalmente se le encuentran a menudo en medio de vastos caseríos hechos de acuerdo con la forma general antes especificada. Las paredes de pirca, sin amalgama ni cemento de unión, se elevan hasta casi la altura de un hombre, en los mejores casos. En otros, los muros cesan más abajo, lo que hace suponer que, como en la vivienda natural actual, sobre este basamento de piedra se alineasen algunas ringleras de adobes, hasta hacer que la pared alcanzace la altura necesaria. Las entradas, marcadas, a veces, por piedras mayores, dejan su apertura o vano libre, sin que, en ningún caso, se hayan encontrado rastros de puertas u otros elementos de cierre. Estos espacios no están orientados hacia ningún punto cardinal determinado. Tampoco se hallado vestigios de techos, lo que hace suponer los construyesen de ramadas. Algún autor ha sostenido, para casos determinados, que la benignidad del clima y la carencia de precipitaciones atmosféricas hacía innecesario el techo, por lo que los muros servirían de simples mamparas, careciendo de él las habitaciones, lo que es poco probable. No habría relación entre lo avanzado de otras de sus manifestaciones de cultura material y este tipo de vivienda tan rudimentaria.
El tipo de habitación de los hombres de los Barreales, ha sido inferido por Debenedetti en la monografía de presentación de las colecciones obtenidas en esa zona. Allí Debenedetti expresa: Il ne subsiste aucun reste de construction qui ait une valeur appréciable et qui permet de donner le nom de vrais constructeurs aux habitans primitifs de La Ciénaga et de ses environs inmédiats. Ces hommes n´utiliserent pas la pierre pour élever leurs édifices et, de l´absence totale de vestiges, doit déduire que ces edifices furent exécutés avec des materiaux périssables qui nónt pu résister à l´action du temps et à l´inclemence du milieu. Il ne fut pas davantage construit de fortifications (pucará), comme celles qu´on trouve chez presque tous les peuples indigènes préhispaniques du Nord-Quest Argentin, cequi eloigne la pensé d´un attachement à une méthode sus méthode susceptible de defendre avec succés les bien amassés, contre la poussée des invations étrangères. Toutes les décuvertes archéologiques verifiées permettent d´affirmer que la popullation de La Ciénega et de la Aguada, à une certaine époque, fut séndentaire, complétement ocupée à l´agriculture et á l´exploitation des bois épais de caroubiers dissémines dan cette vaste región, tout à fait luxurainte en ces temps très lointaines.
En cuanto a la vivienda de Angualasto, el mismo Debenedetti estableció la existencia de tres tipos de edificación, todas de barro amasado (adobones). El primero, de entradas orientadas al naciente, defendidas por dos murallas paralelas salientes – prolongación de muros mismos- estaba construido por un recinto cuadrangular, con esquinas exteriores redondeadas. El segundo tipo, lo componían construcciones muchos mayores –de 18 metros de largo por 12 de ancho, término medio –cuyo piso se encuentra cubierto de una capa tan espesa de guano, que puede inferirse que eran corrales para guardar ganados. Poco numerosas, estos grandes recintos están distribuidos sistemáticamente en el conjunto de las ruinas. Su subsuelo no encierra restos arqueológicos. Por último, el tercer tipo es el de los recintos circulares o cuadrangulares, practicados directamente en el suelo, alcanzando una profundidad hasta 2,50 metros. Estuvieron techados con totoras, ramas y cañas, pues al ser excavados se encontraron vestigios ciertos de estos vegetales. Sin duda, sirvieron de depósitos o graneros, para el producto de las cosechas.
La abertura de las puertas hacia el este, en las habitaciones, depende, según Debenedetti, del régimen de los vientos. Para resguardarse de ellos, recurrieron al sistema de abrir las puertas, teniendo eso muy en cuenta. Al amasar el barro para los muros, los indígenas mezclaron a éste, en muchos casos, fragmentos de sus ollas. Su falta de fortificaciones nos muestra una población sedentaria, eminentemente agrícola.
En realidad, en los valles preandinos de San Juan, se observan dos tipos de construcción según las regiones: de piedra o pircas, es decir, del tipo general de la región diaguita, en Barreal, Tocota, Los Pozos y Paso de Lámar, y de adobes –en forma indicada- en Angualasto, Calingasta, Pachimoco y Chinguillos. Esta diferencia no es esencial, pues la unidad del substratum cultural es evidente y la provincia de San Juan marca, según ya queda dicho, el límite meridional de la expansión diaguita.

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