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Pueblo Originario | August 17, 2017

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La Antigua Provincia de los Diaguitas: patrimonio – vida material

La Antigua Provincia de los Diaguitas: patrimonio – vida material

La falta de agua durante gran parte del año, la calidad marcadamente arenosa de la tierra, la existencia de grandes salinas, establecen, imperativamente, la clase habitual de la vegetación.ECONOMÍA.- La falta de agua durante gran parte del año, la calidad marcadamente arenosa de la tierra –reemplazada, a veces, por una arcilla gredosa rojiza- la existencia de grandes extensiones de la misma cubiertas de salinas, establecen, imperativamente, la clase habitual de la vegetación. Arbustos raquíticos y achaparrados, requemados por un sol implacable, aparecen de tanto en tanto. La flora más corriente la constituyen diversas especies de cactáceas –especialmente del género Opuntia- que van desde los pequeños almácigos de cactus diminutos hasta los gigantescos cardones de 5 o 6 metros de altura, que emergen solitarios como deidades fálicas u ofrecen al viajero asombrado su aspecto de enormes candelabros. Sabido es que estas plantas contienen en su interior verdaderos depósitos de agua que les permiten afrontar las largas sequías, en tanto que sus raíces enraigan en cualquier mota insignificante de tierra pérdida en las junturas de las rocas. En nuestros días, los habitantes de la zona utilizan la madera de cardón, naturalmente agujereada, para sus construcciones, pues –pese a su liviandad y a su frágil aspecto- es prácticamente indestructible. Además, los higo de tuna (Opuntia Ficus indica, Haw) constituyen, actualmente, un alimento común de los primitivos.
Bonan ha indicado someramente las bases vegetales de la alimentación indígena: el maíz, los frisoles o porotos que, según Narváez, existían de muchas maneras, las papas –que son como turnas de tierra, que se siembran, aclara el mismo cronista, ante este vegetal desconocido- los zapallos (con la reserva de ignorar a qué cucurbitácea corresponden). El algarrobo blanco (Prosopis alba, Griseb), de madera muy dura, productor de la algarroba, tan gustada como manjar como apreciada para la producción de una bebida fermentada, fuertemente alcohólica, la aloja, y el algarrobo negro (Prosopis nigra, Hieron), con dar frutos de inferior calidad, son dos árboles que tienen una importante función alimenticia. Añádanse el Chañar (Gourliea decorticans, Gill.), el molle (Lithroea Gillesii, Griseb. y Schinus Molle, Lin.) , el mistol (Zizyphus Mistol, Griseb.) y el piquillín (Condalia lineata, Asa Gray) y se tendrá una lista asaz completa. Desde luego, habría que agregar las plantas utilizadas para fines industriales –como la cabuya, de que habla Narváez, y la información de Alonso Abad, de 1585, para los tejidos y cuerdas- y la copiosa cantidad de arbustos tintóreos y medicinales. Y, ya en tiempo de la conquista española, una que otra cosecha de trigo, lograda por la siembra o los ardides de la guerra, así como tal cual robo de ganado.
Una rápida enumeración nos permitirá inventariar también sus bases económicas del mundo animal. Por de pronto, la llama, animal cuya forma y condición extraña puso en aprietos a los cronistas deseosos de describirlo por analogía. Así, se llamo desde oveja grande hasta camello mediano, para terminar definiéndolo como carnero de la tierra. El límite austral del hábitat moderno de éste es, en la actualidad, el norte de Catamarca, pero parece haberse extendido normalmente mucho más, en la época de la conquista. Techo establece que los indígenas del Tucumán le empleaban como bestia de carga, y Cabrera y Narváez lo presentan entre los comechigones. Narváez mismo agrega una información importante respecto de su talla, al expresar que era de un tamaño inferior, al que existía en el Perú, cuyos beneficios de todo orden para el pueblo quichua han sido reconocidos por los historiadores. Según Lozano, los diaguitas realizaban largas excursiones con sus llamas para ir a recoger la algarroba. En base a aquellos datos observamos con Bonan, que la llama, confinada hoy a las mesetas superiores a 3.000 metros vivía, entonces, en tierras mucho más bajas. Tanto las dos especies salvajes del género Auchenia (guanaco y vicuña), como las dos domésticas (llama y alpaca) vivieron, en todo el ámbito diaguita.
Los cronistas señalan, además, la existencia de algunos animales domésticos o semidomesticados. El ñandú o avestruz, tan reproducido en algunos tipos de decoración zoomorfa, las mal llamadas gallinas, que debieron de ser pavas de monte (Penélope obscura), los patos y pecarí.
Animales feroces –el jaguar y el puma- o simplemente salvajes –el ciervo, el agutí, la vizcacha, el tatú, la cobaya, el zorro, la nutria- ponían su nota movediza en el paisaje ralo, alterado sólo, de tanto en tanto, por el silbo de la perdiz, el zureo de la paloma o la garrulería del papagayo.
De todo lo dicho, observamos, pues, dos tipos de economía, ligeramente diferente. La una corresponde al período prehispánico. La segunda, al que se desenvuelve bajo la acción de presencia, primero, y la dominación, después, de los españoles. Los cronistas, bien que sin fijar netamente esta diferenciación docente, nos advierten la incorporación a la economía indígena de elementos de indiscutible procedencia hispánica. En los primeros tiempos la guerra entre indígenas y españoles de marca con talar recíprocamente sus mieses. Los habitantes del valle Calchaquí, pronto, no sólo asaltan sembradíos de los conquistadores. Poco después Lozano nos los muestra sembrando y cosechando trigo, cereal al que Narváez agrega cebada. Igualmente, en las incidencias de la lucha, se han hecho de ganados de Castilla, de los que tomaron a los españoles cuando mataron e hicieron despoblar. Empero, no han llegado a aprender a utilizar el caballo, aunque Lozano deba reconocer que, en los últimos tiempos, se habían acostumbrados ya a la utilización bélica que de ella hacían los españoles y no les empavoreciese tanto su presencia. Más aún, en alguna ocasión extraordinaria hasta llegaron a intentar apoderarse de los que aquéllos llevaban como remonta, bien que sin lograrlo, sino momentáneamente, quizás por su ninguna práctica en la técnica de su manejo.
Sus métodos de siembra y recolección no nos son conocidos sino por inferencias arqueológicas. Los cronistas nada nos dicen al respecto. El hallazgo de implementos agrícolas en la ciudad de la Paya, nos muestra estacas puntiagudas, de madera, de las que debieron servirse para practicar los hoyos en que sembraban, al modo quichua. Ignorantes del arado, de otro instrumental productor del surco, la siembra debió de hacerse no en una línea de terreno roturado, sino, más bien, en una sucesión de hoyos. Instrumentos de accesorios para debieron ser, quizás, los grandes cuchillos de madera, y desde luego las palas y azadas de madera, de que habla Ambrosetti, enmangadas en varas de longitud variada. Ese instrumental de madera es todavía hoy usado por los primitivos actuales del noroeste argentino y el autor de estas líneas le ha visto corrientemente en uso en las faenas del campo, entre los habitantes del departamento de Santa Victoria, en la provincia de Salta.
Hay buena distancia entre este outillages, tan rudimentario, y los trabajos de aprovechamiento de la superficie utilizable, realizados por las razones ya enunciadas. Obsérvese que, en algunos casos, estos escalonamientos del terreno han sido practicados para retener la tierra de las laderas y evitar su ulterior deslizamiento, aunque, quizás, sin un fin de utilizamiento inmediato a los fines agrícolas. Los andenes tienen la misma contextura contextura general que los sucres quichuas, aunque no su abundancia ni su perfección técnica. Con todo, trátanse de grandes superficies de terreno, apuntaladas en forma de escalones en las laderas de los cerros. El muro de contención realizado con ese fin, está labrado -como decían los cronistas- con el sistema común de la pirca, es decir, por la unión de las piedras sin amalgama.
La obra de irrigación no ha sido estudiada aún prolijamente, en su conjunto. Su existencia es indudable, sin embargo, y ya Narváez señalaba que los habitantes del valle Calchaquí, siembran con acequias de regadío todo lo dicho. Los autores modernos no las han estudiado monográficamente.
Hay algunas indicaciones breves en otros autores. El profesor Bruch ha señalado –después de Ambrosetti- la existencia de una represa, prolijamente confeccionada en piedra, con una capacidad de más de dos mil litros, aprovechando una depresión natural del terreno, en la ciudad de Quilmes. De ella salía un canal de regadío.
La preparación de los alimentos se hacía majando el maíz –base esencial de la comida indígena- en los morteros de piedra, de diversos tamaños, que aquéllos incluyen en su ajuar doméstico. Estos y otros granos y yerbas eran triturados, también con las conanas. Cucharas y cuchillos de madera eran utilizados para la confección de las comidas.
Los restos de aquéllas, encontrados por los arqueólogos en el ámbito de las habitaciones, comprenden huesos de auchenia y de otros animales, a veces calcinados. Desgraciadamente, estos vestigios son generalmente abandonados, de ahí que no poseamos indicaciones precisas respecto a estos restos de comida. Igualmente, los arqueólogos señalan la presencia de una serie de vasos de diferentes formas, que agrupan bajo el rubro de instrumental de cocina, y muestran señales evidentes de haber sido expuestos a la acción del fuego. Particularmente entre ellos recordamos aquí las ollas con pies, cuya forma y razón de ser (mayor aprovechamiento del calor) les relaciona –pese a las diferencias de técnica en el grano y la cocción- a las del Perú y que habiéndoseles conocido en la región del mollar, de Tafí Viejo, han sido encontradas luego, en otros diversos lugares, como lo prueban, además, las piezas aún inéditas de la colección de Muniz Barreto. De una manera muy estricta vincúlanse estas piezas a las ollitas con pies y asa horizontal – es decir, contraria a la forma general del asa calchaquí- y que son de uso frecuente en Perú donde han hallado varios subtipos. Boman – que les denomina copones- señala, en un estudio póstumo, su presencia en La Rioja. Otra alfarería de cocina, son los llamados vasos asimétricos por Ambrosetti, cuya presencia es muy abundante en toda esta región y cuya forma particular evidencia su propósito práctico: que pueden someterse al fuego, y en una superficie tal, que permita la rápida cocción de los alimentos, sin que llegue nunca a calentarse el asa. Hay varios subtipos de estos vasos, según su mayor o menor inclinación o convexidad de sus paredes y su tamaño. Precisamente es en La Paya, en donde han sido hallados los de mayor tamaño (3 litros), entre los que figuran en la bibliografía. Su uso estaba vinculado a las tres formas principales de preparar el maíz para la comida: el maíz hervido (mote), la polenta de harina (tulpo), o la mezcla de esa harina con agua (espesadito); debiéndose advertirse que su estabilidad precaria se perfeccionaba al llenarse de líquido. Otros vasos de cocina son los trípodes (con la variante de los cuatros pie), cuya factura es idéntica en toda la zona andina, de la región ecuatoriana a la diaguita. Grandes cántaros en los que en época de sequía o de guerra se guardaba el agua y, más normalmente, los granos recogidos, y en los que se solía preparar la chicha de las fiestas, y cerámica pequeña –platos y vasos de tipo diverso- constituyen, en general, el ajuar doméstico relacionado con la preparación y consumo del alimento.

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