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Pueblo Originario | March 26, 2017

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La Antigua Provincia de los Diaguitas: Fuentes Históricas y Arqueológicas

La Antigua Provincia de los Diaguitas: Fuentes Históricas y Arqueológicas

Los tres grades museos argentinos y –actualmente- el de la Universidad de Tucumán poseen magníficas colecciones de la región que se estudia en este capítulo.

FUENTES: a) DOCUMENTOS HISTÓRICOS. Los documentos históricos suficientes, en algunos aspectos, pero numerosos que poseemos sobre los diaguitas, serán citados, según, corresponda, en el transcurso de este capítulo, por lo que haremos de ellos aquí sólo una breve enumeración. Comienzan, en orden cronológico, con la famosa Carta, de 2 de enero de 1566, le sigue ya un elemento más directo, la Relación de las provincias del Tucumán, por don Pedro Sotelo Narváez, del cual sabemos los motivos de su infausta muerte como partidario de Gonzalo de Abreu, víctima de la política de violencias desatada por la disputa del poder entre éste y Hernando de Lerma. Este documento, escrito en 1853, en repuesta a la circular del Monarca, de 1557, redactado en un estilo conciso y sin pretensión literaria, rebosa de datos esenciales acerca de estos pueblos y, particularmente, de su economía y costumbres. A la Relación le sigue, de muy cerca, la Información que, entre los años 1585 y 1589, levanto el procurador del Cabildo de Santiago del Estero, Alonso Abad, entre un grupo de los primeros pobladores, algunos de los cuales habían entrado en el territorio con Juan Núñez del Prado. Es fuente importante, no sólo por el cúmulo de noticias sobre los primitivos habitantes, sino porque dilucida, sin lugar a dudas, según veremos, la querella entre calchaquistas y diaguistas. El padre Alonso de Barzana, evangelizador del Tucumán, nos aporta, en una famosa Carta, enviada el 8 de septiembre de 1594 al provincial de su orden, todos los datos que sobre religiones y lenguas añorábamos en la Relación de Narváez y aun cuando se haya perdido, pérdida insigne, el vocabulario y gramática que hizo acerca del idioma de los diaguitas, su Carta es, de por si, un elemento bibliográfico importante, por la ratificación y amplificación que aporta a lo ya dicho en la Relación citada, circunstancia, la primera, tanto más interesante, cuanto que Barzana ignoraba a Narváez. Barzana fue el primer misionero que hizo su apostolado en el valle Calchaquí, llegando en 1589, mucho antes que sus compañeros de fe los jesuitas Juan Romero y Gaspar de Monrey que, en 1601, siguieron sus huellas. El P. Alonso de Ovalle, que escribió su Histórica Relación del Reyno de Chile, en 1640, aunque no se ocupe de los diaguitas, nos permite distinguir perfectamente a aquéllos de los huarpes que, en ese momento, ocupaban parte de San juan. A los autores antes citados, que enriquecen la crónica jesuítica, hay que agregar aún dos nombres ilustres. Es el primero por el doble motivo de su prioridad cronológica y de su importancia, el del padre Nicolás du Toict, cuyo nombre, castellanizado al uso corriente de la época, convirtióse en el del Techo con que ha pasado a la historia. Del Techo, acaso bebiera sus informes en una fuente manuscrita, obra de P. Juan Pastor, misionero en tierra dado el conocimiento directo que el padre Pastor tenía de esos pueblos, ello agregaría importancia a la Historia Provinciae de del Techo, aunque –agreguemos- le restase originalidad. Aunque naturalmente inclinado a laudar con parcialidad la obra del Compañía, esta fuente es una de las más importantes para nuestro objeto por la forma clara y metódica con que nos ilustra acerca de la etnografía de los diaguitas y, después de los documentos directos de la primera época, es la más segura que poseemos. Pedro Lozano es el segundo cronista que nos interesa. Era hombre de ilustración más que mediana, aún entre los cultos miembros de su Orden ilustrada, como lo prueba que fuese profesor de filosofía y teología en la universidad de Córdoba. Conoció personalmente Tucumán y confrontó documentos. Su Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, en cinco volúmenes, dedica los dos últimos a tratar lo referente a esta última. Desgraciadamente Lozano, en quien suelen encontrarse contradicciones singulares y moralejas teologales harto tediosas, tiene, para nuestro tema, tres graves defectos: uno, común a todos los escritores de su época, consiste en que trata la conquista dando un enorme y casi exclusivo predominio a los sucesos militares y políticos, y encarándola mucho más desde el punto de vista del relato de lo español y no de lo indígena. Otro, que ignora la geografía de la región diaguita e incurre por ello en errores frecuentes que han dado pie en escritores posteriores, a más de un juicio aventurado. Por último, que los datos que nos da sobre los diaguitas se encuentran diseminados a los largo de aquellos dos volúmenes, repetidos en alguna ocasión hasta tres veces, en vez de haberlos agrupado en la forma metódica que lo hiciera la historia de del Techo que le sirvió, sin embargo de base.

b) DOCUMENTOS ARQUEOLÓGICOS. Los tres grades museos argentinos y –actualmente- el de la Universidad de Tucumán poseen magníficas colecciones de la región que se estudia en este capítulo. Buena parte de ese material ha sido recogido en el período clásico de los iniciadores de nuestra arqueología y constituye la base de las monografías publicadas por estos precursores. Las de Moreno, Lafone Quevedo y Bruch en el de La Plata, y forman un material indispensable de confrontación y de examen. Algunos museos extranjeros poseen valiosas series de la región, como resultado de las expediciones realizadas por comisiones de investigadores. Recordemos la misión francesa de los señores G. de Créqui de Monfort y E. Sénéchal de la Grange, de la que formó parte Boman y cuyo estudio permitió a éste escribir la única obra de conjunto que registra la bibliografía del noroeste argentino.

De más está decir que sólo mencionamos la más vastas series. Desgraciadamente, buena parte de los materiales existentes en el país, están insuficientemente documentados lo que, naturalmente, reduce en forma considerable su valor científico.

Además de las colecciones éditas, cada una de las instituciones mencionadas posee, también, espléndidos corpus inéditos. El museo argentino de Ciencias Naturales cuenta con la colección Zabaleta, desgraciadamente con documentación deficiente. El Museo de Tucumán, con materiales de los Barreales, recientemente recogidos por el profesor Schreiter. Un lugar especial y destacado debe hacerse a la colección Muniz Barreto, que es propiedad del Museo de Historia Natural de La Plata. Trátase de una colección estupenda, de más de diez mil piezas del territorio argentino, de la cuales ocho mil pertenecen a la región diaguita y, entre ellas, la mitad de Barreales. Sólo una ínfima parte de éstas ha sido publicado. Recogidas sin reparar en gastos, su primer dueño destacó en el terreno a un ingeniero escrupuloso e inteligente, Wladimiro Weiser quien, secundado por Federico Wolters, realizó una labor de relevamiento cartográfico que, junto con los datos estratigráfico que, junto con los datos estratigráficos y arqueológicos contenidos en la libreta de viaje, hacen de ésta una colección única en el país. Ella se halla actualmente a estudio del autor de este capítulo y una pequeña parte de ese material inédito sirve para ilustrar este trabajo.

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