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Pueblo Originario | December 18, 2017

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Historia de los Lules en el siglo XVI (San Francisco Solano y el P. Alonzo Barcena)

Historia de los Lules en el siglo XVI (San Francisco Solano y el P. Alonzo Barcena)

El rechazo a la fe cristiana, ocasiona que muchos intelectuales, hablen hoy, de una fe impuesta por la fuerza a los habitantes originarios de estas tierras. No es el caso de los Lules y de muchos otros pueblos. Un mundo de mentiras que confunde y engaña a nuestra patria, con el fin de escribir una nueva pseudo historia de nuestras tierras.

Sacar el evangelio, es sacar las raíces de nuestra cultura criolla. Difícilmente quienes hoy dicen estar a favor de los pueblos originarios, llegarían a dar la vida por el bien de estos pueblos, como lo hicieron los primeros misioneros. Ni siquiera conocen sus lenguas.

1- INTRODUCCIÓN
Recordemos que los primeros españoles en enfrentar a los lules fueron los hombres de Diego de Almagro, en el valle de Salta, en  1536, pero fue un grupo de avanzada de las huestes del capitán Nicolás de Heredia el que se topó con los lules asentados en las cercanías de la provincia de Tucma:
“De entre los árboles aparecieron unos escuadrones de indios cuya sola presencia aterrorizó a los prisioneros juríes que los servían/…/ sus característica más curiosa era llevar el cabello tonsurado, formándoles alrededor del cráneo coronas semejantes las usadas por los frailes. Venían en son de guerra y los apuntaban con sus flechas /…/ los soldados dispersos se reunieron con sus compañeros / salvo Bartolomé Aguilera al que los indios mataron a flechazos, tras lo cual desaparecieron con la misma rapidez con que habían aparecido. Lo juríes /…/ informaron que esos indios eran sus /…/ enemigos . se llamaban lules y vivían en otra provincia… junto a un río que llevaba agua colorada. Periódicamente venían / a Juríes para / hacer la guerra. Caín sobres sus pueblos y estancias, prendían y mataban a muchos y a los /…/ cautivos, los comían. El escuadrón que acababan de encontrar /…/ debía ser parte de otro mayor que andaría depredando los poblados ribereños”.
(testimonio de Cieza de León, de Gutiérrrez de Santa Clara, del soldado Pedro González de Prado y de Diego Fernández , cit, por Piossek Prebisch. 1995: 246-47; 334-35)
Años más tarde, San Francisco Solano (Franciscano), sería el primer sacerdote en trabajar entre los Lules; antes que el Padre Alonso Barzana o Barcena (Jesuita). Ambos hablaban varias lenguas y se lograban comunicar directamente con ellos en su propio idioma, el Kaka o caca. Son ellos los que en las últimas décadas del siglo XVI harían el anuncio del evangelio a estos pueblos, dejando una impronta tan grande que ningún otro lo pudo lograr. No solo trabajaron entre los Lules, sino que los amaron, como nadie lo hizo. Aún con el pasar de los años y dentro de la Selva Chaqueña, muchos lules conservaban las enseñanzas de estos dos santos varones. Ninguno de ellos impuso la fe cristiana a los Lules. Ellos libremente asumieron la fe.
“En La Rioja del Tucumán salvó a la ciudad convirtiendo a 9.000 indios de guerra, y cuentan que entronizó al Niño Dios como Alcalde, originando así la fiesta llamada “Tinkunaco”, una de las más importantes del Tucumán, que se celebra el 31 de diciembre al mediodía, bajo el sol riojano, con la asistencia de numerosas autoridades e incontables fieles”.

A continuación ofrecemos los escritos del Padre Guillermo Furlong y el Padre Nicolás Techo, ambos Jesuitas, que supieron hacer llegar hasta nosotros los testimonios originales de quienes vivieron y convivieron con estos pueblos.

2 – ENTRE LOS LULES DEL TUCUMÁN (del padre Guillermo Furlong: ver nuestro artículo completo “Historia de los Lules”)
El mismo año de 1569 en que San Francisco Solano ingresaba en la Orden Seráfica, eligiendo al efecto el convento de Recoletos existente en Montilla, su pueblo natal, partía para el Perú en las naves del virrey Francisco de Toledo el padre Alonso Barzana, natural de Córdoba de Andalucía, según algunos biógrafos, aunque otros aseveran que era oriundo de Baeza.
Los dos hombres que habían de pasar a la posteridad como el hermoso apelativo de Apóstoles del Tucumán, eran hijos de Andalucía, nacidos y criados en Córdoba o en sus inmediaciones.
Barzana llegó a América antes que Solano pero el apóstol Franciscano penetró en tierras actualmente argentinas antes que el apóstol jesuita. Barzana trabaja apostólicamente, en el Cuzco cuando Solano penetró hasta tierras tucumanas, y estaba el jesuita contribuyendo en gran escala a la fundación de la celebre Reducción de Juli sobre el Lago Titicaca cuando el Franciscano sorprendía a los Lules en las orillas del Salado y cual Orfeo divino, los extraía de entre la enmarañada selva al son de su instrumento musical. Francisco Solano fue el primero que penetró en las selvas chaqueñas por el lado occidental de las mismas.  Su labor apostólica invadió sobre todas las regiones del viejo Tucumán llegando hasta las actuales ciudades y campaña de la Rioja y Santiago del Estero, Salta y Jujuy, pero fue en la ciudad de Tucumán, la antigua Tucumán y fue en los alrededores de la primitiva ciudad tucumana donde realizó su más fecundo apostolado.
En 1585 partió Barzana para el Tucumán en compañía del padre Francisco de Angulo y del Hermano Juan de Villegas y a 26 de noviembre de dicho año estaban todos en Santiago del Estero.
“Se han dado tal prisa a ejercitar los ministerios de la compañía, que solo el primer año un solo sacerdote que fue el P. Alonso de Barzana, aprendió la lengua Tonocoté o Lule y compuso arte de ella y catecismo, confesionario y sermonario, ultra de las demás lenguas que fue aprendiendo el mismo año que fue de 1585, en los primeros meses (que pasó en el Tucumán), que fueron desde principios de octubre hasta fin del año…” (Ref. Relación de las ocupaciones que han tenido y tienen y frutos que han hecho y hacen los Religiosos de la Compañía de Jesús en el Perú. Año 1601. Archivo Gen. de Indios, Sevilla: 71-3-19)
En el año 1589 llega desde Perú para ayudar al Padre Barzana el padre Pedro Añasco, natural de Chachapoyas en el Perú.  En el año 1590 a 1592 salieron ambos a misionar entre los indios del Chaco. Ambos hablaban la lengua Tonocoté, que era muy usual en las jurisdicciones de San Miguel de Tucumán y Nuestra Señora de Talavera de Madrid o Esteco; luego redujeron a preceptos la Kakana, que se hablaba en el Valle de Calchaquí, distrito de Santiago del Estero, su Sierra y los Diaguitas; la Puquinica, que corría en varias partes del Perú. Después se empeñaron en esta diligencia con las lenguas Guaraní, vulgar de todas las provincias del Paraguay y con la Querandí, propia de todo el partido de la ciudad de Santa Fe, valiéndose para estas dos últimas de intérprete inteligente. (Ref. P. Lozano Historia de la Compañía de Jesús en el Paraguay. Madrid 1754 I, 98)
“…porque por causa de la poco agua no se cría ganado y así el más ordinario sustento son hierbas, mazamorras y tortillas de harina de maíz, que pan no le hay, y algún pescado seco que traen acaso de la ciudad y ello viene tal como no hay sal en toda esta tierra, es comer astillas, por ser el pez seco en brasas…” Estas frases del Padre Añasco indican bien a las claras la vida sacrificada y abnegada que a ambos cupo en suerte mientras trabajaban en las misiones del Salado, reduciendo a los indios Matarás y Lules.
El 1º de enero de 1598, a la edad de setenta años, cuarenta de Compañía y treinta y cinco de misionero, fallecía en el colegio de Cuzco, el Padre Barzana.
3 – HISTORIA DE LA COMPAÑÍA EN EL PARAGUAY (padre Nicolás Techo)
http://es.scribd.com/doc/68823337/1673-NICOLAS-DEL-TECHO-HISTORIA-DE-LA-PROVINCIA-DEL-PARAGUAY-DE-LA-COMPANIA-DE-JESUS-tomo-I
No poseemos un relato detallado de los que llegó a hacer San Francisco Solano entre los Lules del antiguo Tucumán en el siglo XVI, ya que él se movía solo. Sin embargo, del Padre Alonso De Barcena, el padre Nicolás Techo, en su “historia de la provincia del Paraguay de la Compañía de Jesús” del 1673, tiene estos hermosos recuerdos que a continuación compartimos:

CAPÍTULO XXXVIII
EL P. ALONSO DE BÁRCENA PACIFICA El VALLE DE CALCHAQUl.
Al mismo tiempo que lo referido acontecía en el Paraguay, el P. Alonso de Bárcena, restablecido de su enfermedad, siguió al gobernador del Tucumán, D. Juan Ramírez de Velasco, que con tropas de españoles é indios se dirigía á castigar los rebeldes calchaquíes, y con tal motivo hizo una cosa útil para el país. Cuando los calchaquíes supieron que se acercaban los españoles, ocuparon las cimas de escabrosos montes para desde ellas arrojar grandes peñascos sobre los españoles mientras desfilaran por valles angostos. El P. Bárcena suplicó á los nuestros que no avanzasen, y él solo subió á las alturas refugio de los calchaquíes. Ya trepaba por la cuesta, cuando se le acercó lbrida, hombre feroz, hijo del jefe de los calchaquíes, seguido de cien guerreros armados; con su elocuencia, el P. Bárcena reconcilió á los rebeldes con sus dominadores, y recibió la comisión de procurar la paz, la que, en efecto, muy pronto fué un hecho. Después de esto examinó la condición de los bárbaros, y vió que nada respiraban sino deseos de matanza y de embriagueces; con todo, no se oponían á recibir el Bautismo; pero se limitó á administrar este Sacramento á unos cuantos adultos, á quienes rogó fuesen pacíficos y morigerados, y á corto número de párvulos. La experiencia le enseñaba que aquella gente, aun hecha cristiana, careciendo de maestros y llevada de sus naturales inclinaciones, caería de nuevo en los lazos de Satanás y en los antiguos vicios.

CAPÍTULO XXXlX
EL P. ALONSO DE BÁRCENA CONVIERTE A LOS LULES Y Á OTROSPUEBLOS.
Licenciado el ejército, tornó el P, Alonso de Bárcena á la ciudad de Santiago, y pensando cómo haría con mejor éxito la guerra al demonio, por indicación del P.Francisco Angulo recorrió las tierras próximas antes de ir más allá. Fué, pues, á las montañas de Santiago, y armado con la espada evangélica, rescató seiscientos paganos del yugo infernal y les dió la libertad de Cristo; temeroso de que siguieran obedeciendo á su antiguo amo envueltos en la torpeza, los casó canónicamente; usando la lengua kaka, oyó á muchos en confesión. Luego se dirigió con el P. Francisco Angulo á desterrar los amancebamientos en la ciudad de San Miguel. Muy pronto recibió el encargo de evangelizar los tenocotés, diaguitas y lules, y con tal motivo avanzó en sus excursiones, atento más que á nada á la conversión de los lules. Eran éstos gente feroz; si bien estaba sometida á los españoles, ningún europeo, aunque fuera sacerdote, se atrevía á penetrar en sus tierras agrestes y á propósito para emboscadas. El P. Bárcena entró en ellas despreciando el temor á la muerte, acompañado solamente de un muchacho que le ayudaba en la Misa y sin hacer caso de quienes le querían disuadir detal proyecto; su audacia fué coronada por un feliz éxito. Apenas supieron los lules que el famoso P. Bárcena se acercaba, salieron á porfía de aldeas, cavernas y escondrijos de los peñascos, y acercándose al misionero, le prometieron obediencia con tal que recorriese los pueblos. Alabó el P. Bárcena tan buenas disposiciones y echó á andar por medio de ásperos montes, valles abruptos, torrentes peligrosos y ríos que era forzoso atravesar á nado, cuidando sobre todo que nadie se sustrajera á sus predicaciones. Sus fatigas se vieron coronadas con un brillante resultado: en nueve meses que duró la excursión bautizó más de dos mil personas, unió en matrimonio á tres mil neófitos é hizo otras muchas cosas para el más rápido progreso de la fe. Sin acobardarse entró en las aldeas de los indios, cuyos habitantes, enemigos jurados de los españoles, habían incendiado la ciudad de San Miguel. A ésta volvió porque cayó enfermo, y tan luego como sanó, visitó todas sus casas, hallando que noventa y seis indios servidores de los españoles eran todavía gentiles; en seguida los bautizó con inmensa alegría. Estimulado por su celo, salió al campo y obtuvo mucho fruto; administró á muchos el Bautismo y otros Sacramentos. Escribiendo al Provincial, le decía, que sentía en el interior un fuego que le impulsaba á sufrir todo por la salvación de las almas, y á considerar pequeñas todas las calamidades y trabajos á trueque de convertir los gentiles, de lo cual tenía sed ardiente; que aunque estaba siempre dispuesto á obedecer los mandatos de sus superiores, sólo por instruir á un pagano permanecería en un sitio. En otras cartas le rogaba que, puesto que él era ya anciano y achacoso, enviase al Tucumán misioneros que despreciasen la vida y gustasen de sufrir peligros por el Evangelio, odiando las delicias y comodidades. No contento con esto, escribió un catálogo de los pueblos gentiles y lo entregó al P. Francisco Angulo, rogándole que le dijera cuál sería doctrinado en primer término. Mientras se ocupaba en tales cosas, llamó al P. Bárcena áfin de que con su autoridad le ayudase en la recaudación de impuestos en el Tucumán para ayudar con dinero al rey Católico, envuelto en muchas guerras. En efecto se reunió mayor cantidad de plata que era de esperar. Además, todo el Tucumán gozó de los bienes espirituales que la presencia del misionero producía. Recorrido este país, volvió al de los lules y bautizó en una región trescientas cincuenta personas; en otra, doscientas cincuenta y un pueblo entero de gentiles. Cuando meditaba ulteriores empresas, llegó á su noticia que nuevos misioneros del Perú se dirigían al Tucumán en ayuda de los que había.

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