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Pueblo Originario | March 26, 2017

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El Mito de los pueblos originarios

El Mito de los pueblos originarios

El 20 de noviembre del 2011 el diario Perfil presentaba el artículo “el mito de los pueblos originarios”, del profesor Luis Alberto Romero “Historiador. Director de la Biblioteca Básica de Historia. Siglo XXI Editores”, investigador del CONICET.
Hoy fácilmente se escucha hablar a docentes y personas instruidas sobre los pueblos originarios y el “genocidio” de los españoles, como gustan llamar, con una seguridad y certeza que dura un segundo, al pedirles datos y fundamentos. Muchos repiten lo que escuchan a través de algunos medios de comunicación.¿Estas personas que se dicen cultas, saben en realidad lo que dicen? ¿Conocen la historia? ¿Cuántos de ellos se han puesto a investigar con seriedad científica, en esta patria, donde se está tratando de reescribir nuestra historia?
Ofrecemos la reflexión del Prof. Romero como un aporte a la búsqueda de la verdad.

ALGO MÁS QUE CORRECION POLITICA
El mito de los pueblos originarios
Uno de los elementos del discurso oficial, el mito de los pueblos originarios, es un relato mítico del pasado, de matriz antigua, sobre el que sucesivamente se proyectaron valores y propuesta diferentes. El rasgo común es la apelación al colectivo del multiculturalismo: afirma que en cada sociedad existen postergadas, con sus legítimas identidades y sus derechos, y una larga lista de relaciones de reclamos. Es una idea distinta de la asentada en las nociones de individuo, contrato político e igualdad ante la ley.
Muchos reclamos sociales como los de los tobas o los mapuches, se hacen hoy en nombre de los derechos de los “pueblos originarios”. Esta denominación genérica, de extensión potencialmente infinita, es uno de los puntos salientes de la discursividad correcta, hoy utilizada por el discurso oficial. Se trata de un relato mítico del pasado, de matriz antigua, sobre el que sucesivamente se proyectaron valores y propuestas diferentes. El rasgo común: la apelación al colectivo indiferenciado. Los españoles los llamaban “indios”, indistintos y descalificados: “cuando se ha visto a un indio se lo ha visto a todos”, se decía. El indigenismo del siglo XX, a la manera romántica, vio en la indigenidad esencial la posible regeneración de una sociedad corrupta y explotadora. Otra variantes de ese esencialismo colocó a los aborígenes en la matriz nacional, a la que pertenecían los del territorio argentino, diferenciados de otros muy parecidos, pero que estaban en Bolivia, en Chile o en Paraguay. No faltan quienes llaman a los mapuches “invasores chilenos”. Hoy se considerada correcto llamarlos “pueblos originarios” y revindicar sus derechos como tales. Como “aborígenes” o como “indígenas” –es la misma palabra- la dominación refiere a la gente que estaba en un lugar, y cuyos derechos fueron arrebatados por otros que vinieron y se quedaron. En rigor, no debería limitarse a la conquista española: aborígenes eran los pueblos del noroeste argentino sometidos hacia 1480 a una dura explotación por los incas peruanos. La actual visión correcta deriva del multiculturalismo: afirma que en cada sociedad existen comunidades postergadas, con sus legítimas identidades y sus derechos, y una larga lista de reclamos. Es una idea distinta de la asentada en las nociones de individuo, contrato político e igualdad ante la ley.
El genocidio. Hay un segundo argumento que se considera correcto: aludir al genocidio practicado en el siglo XIX, que completo el del siglo XVI. En el relato acerca de los “pueblos originarios”, de un lado están siempre los explotadores y del otro los pueblos originarios, cuyo mundo feliz fue destrozado por dos conquista que en realidad son una sola y que constituye el antecedente del reciente terrorismo de Estado.
Los relatos míticos se entrelazan y forman un compuesto sólido y resistente. Desmontarlos y remplazarlos por explicaciones constituye el solitario trabajo de los historiadores. Es lo que ha hecho Raúl Mandrini en su síntesis La Argentina Aborigen. De las primeras poblaciones a 1910, un volumen de la biblioteca Básica de Historia Siglo XXI Editores. Mandrini construye una narración de la larga historia de las América aborigen, iniciada hace casi 18 mil años, cuando sus primeros pobladores cruzaron el helado estrecho de Behring y comenzaron a dispersarse por el continente, y que él termina cuando el Estado nacional afirma su plena soberanía, hacia 1910.
Mandrini desmiente el mito de los “pueblos originarios”, visto como una unidad compacta, resistente y destruida masivamente por la conquista española. En 1500 estos pueblos, con muchos milenios de movimientos, adaptaciones y confrontaciones, tenían pocas semejanzas y escasas coincidencias identitarias. Tampoco era un mundo feliz: la experiencia de guerra y el sometimiento era habituales, como en la mencionada invasión incaica. Con la conquista, no hubo una división absoluta: los españoles no siempre fueron enemigos. Los habitantes de Tlaxcala ayudaron a Hernán Cortez contra los odiados aztecas, y los indios pampas ayudaron a Urquiza contra los porteños. En estas confrontaciones, cada pueblo definió su identidad que, muy lejos de una esencia aborigen, tomaba como referencia al enemigo vecino. Esas identidades no fueron inmutables; cambiaron muchas veces, en un proceso multiformes que sus actuales reivindicadores procuran ignorar.
Mandrini nos ofrece algunos elementos significativos del caso mapuche, hoy en debate. En el siglo XVI, los belicosos pueblos del sur de Chile fueron denominados “arcas” –rebeldes- por los incas, que no pudieron con ellos. Los españoles retomaron el nombre araucanos. Pero ellos mismos se llamaban a si mismos reke, “gente verdadera”. En el siglo XVIII comenzaron a usar la denominación mapuche, “gente de la tierra”, actualmente revindicada por quienes se reclaman sus descendientes. ¿Son los mismos pueblos del siglo XVI?
Si y no. Las cosas cambiaron muchísimo con el contacto con los españoles, y siguieron cambiando. La incorporación del caballo fue decisiva en su modo de vida, y la proliferación de ganado vacuno dio origen en el siglo XVIII a una lucrativa actividad: tomarlo en las llanuras pampeanas y trasladarlos hacia los mercados chilenos. No solo se modificó toda su forma de vida, sino que se vincularon estrechamente con los pueblos aborígenes transandinos, los llamados tehuelches, a quienes absorbieron. También generaron un vasto sistema de contactos con las sociedades blancas o, para decirlo en términos anacrónicos con argentinos y chilenos.
Esta vinculación entre aborígenes y blancos, a ambos lados de la Cordillera, se baso en el comercio, la diplomacia y la guerra, que en ambos lados estimularon el crecimiento y la transformación. Hay un paralelismo entre las titubeantes construcciones estatales criollas y los grandes cacicazgos pampeanos, como Calfucurá y Catriel. En estas vastas construcciones aborígenes quedaron en camino otras identidades, como los tehuelches, disuelta en la mapuche por la combinación de migraciones, culturalización y guerra. También debe haberse perdido la antigua identidad mapuche, reemplazada por otra que, aunque conservara el nombre, difería mucho de la “gente de la tierra” del siglo XVIII.
Hubo un punto de ruptura en esta relación de tres partes: la formación en la argentina y en Chile de estados nacionales, fundados como todos los de su época en el principio de la soberanía territorial. La afirmación de la soberanía que empezaba a llamarse “interna” y la urgencia por delimitar las fronteras explican la “Campaña del Desierto”. Un territorio como la Patagonia, y tres poderes que lo reclaman, genera habitualmente una guerra.
Sobran casos en la historia de la humanidad, y en la de los propios pueblos aborígenes. Podemos llamarlo genocidio, siempre que apliquemos el calificativo a todos los casos; por ejemplo el inca Pachacutec, que instalaba campos de trabajo forzado y desterraba a las comunidades rebeldes. No sería difícil compararlo con Stalin. Pero no ganaríamos nada en compresión.
Los historiadores se ocupan de comprender y explicar. Esperamos que ellos nos ayuden a entender las causas que como ciudadanos queremos defender, y no nos adormezcan con un cuento gratificante. Para eso, lo primero es evitar el anacronismo; juzgar el pasado con los valores del presente no ayuda ni a comprender ni a militar eficazmente. Meter todo en la misma bolsa genocida no sirve para evitar la reaparición del terrorismo de Estado. Tampoco se construye la idea de igualdad –que decimos defender- cuando conjunto de pobladores sometidos a la explotación de propietarios y autoridades, en lugar de reclamar por sus derechos como ciudadanos, lo hacen como miembros de un “pueblo originario”, cuyos derechos se afirman en las injusticias de la conquista del siglo XVI o XIX. No es raro que el gobernador Insfrán pueda ignorarlo impunemente. Finalmente el mito termina siendo contraproducente.

*Luis Alberto Romero: con los siguientes antecedentes académicos: Investigador Principal del CONICET, Profesor de Historia Social General de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y Director del Centro de Estudios de Historia Política de la Universidad de San Martín. Ha publicado Sectores populares, cultura y política: Buenos Aires en la entreguerra (con Leandro H. Gutiérrez, 1995), Qué hacer con los pobres. Elite y sectores populares en Santiago de Chile en el siglo XIX (1996), Volver a la historia (1997), Argentina. Crónica total del siglo XX (2000), Buenos Aires, historia de cuatro siglos (con José Luis Romero; 2da edición, 2000), y Breve historia contemporánea de la Argentina (2da ed. 2001) (traducida como A History of Argentina in the Twentieth Century 2002). Ha sido Director académico de la colección Los nombres del poder, del Fondo de Cultura Económica, y de la Historia Visual Argentina, publicada por el diario Clarín. Dirige actualmente la colección Historia y cultura de Siglo XXI editores de Argentina.

http://www.perfil.com/ediciones/2011/11/edicion_628/contenidos/noticia_0077.html

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