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Pueblo Originario | October 22, 2017

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El fantasma de los diaguitas, y una disputa absurda y cruel en los Valles Calchaquíes

El fantasma de los diaguitas, y una disputa absurda y cruel en los Valles Calchaquíes

Grandes paisajes, fértiles tierras, pequeñas miserias. En nombre de los pueblos indígenas, supuestos caciques avalan la ocupación de terrenos y fincas.
Los Valles Calchaquíes concentran la magia y la historia de la tierra salteña. Un hilo de agua recorre cientos de kilómetros otorgando vida a sus habitantes, que aprendieron a usar ese recurso para colorear de cientos de tonos verde ambas márgenes del Río Calchaquí. Los álamos altos y delgados, las plantaciones y las huertas forman un largo oasis en medio de las áridas tierras que lo enmarcan. Los antiguos pobladores manejaban el agua de manera altamente eficiente. Las acequias, canales a veces cavados en la tierra, otras construidos con piedras en la montaña, proveían el vital líquido para los cultivos. Muchas de esas vías de agua fueron construidas antes de la llegada de los españoles.
Hoy, esa tierra vive una disputa absurda y cruel que enfrenta a sus habitantes . Diaguitas auto-asumidos, que difícilmente puedan acreditar su ascendencia y amparados en una ley, la 26.160, que fue pensada para proteger del despojo a los verdaderos “originarios”, tratan de apoderarse de las propiedades de pequeños agricultores que pueden acreditar el mismo origen étnico que ellos, pero que además poseen, desde hace muchos años, títulos legales de propiedad.
Uno de los nuevos caciques de la zona de Colomé es nacido en Bolivia y se llama Rómulo Mamani. Esto no requiere mucha explicación: Mamani es un apellido aimara de origen peruano-boliviano, usado por diferentes grupos étnicos de los alrededores del Lago Titicaca. Todo dicho.
Un médico del hospital de Cachi, Salta, que es ahora diaguita, fue nombrado cacique de la zona. Lo interesante de este cacique es que es hijo de una alemana y su propio padre no se reconoce a si mismo como diaguita.
El tercer caso que llega al límite del absurdo es el de los Rivadaneira. Su padre, Andrés Segundo Rivadeneira, oriundo de Corralito, cerca de San Carlos, en los años ‘50 comenzó un negocio que no era nada sencillo: a lomo de mula subía los cerros con unos pocos burros cargados de mercadería, que canjeaba con los pastores de Jasimaná, arriba de la localidad de Pucará. Al regresar, llevaba cueros y quesos de cabra que vendía en San Carlos por caminos y veredas montañosas que hoy no son fáciles de transitar en vehículos modernos. Así, fue juntando dinero hasta que en los ‘60 pudo comprar , con títulos válidos a su anterior propietario, unas tierras productivas en Pucará, en las márgenes del Río Guasamayo. Allí plantó pimientos que luego secaba al sol para hacer pimentón.
Esas angostas parcelas al borde del río florecieron merced al trabajo conjunto entre Rivadaneira y los “medieros”. La mediería es una vieja relación productiva entre el propietario de la tierra y familias que se instalan específicamente en ellas para ayudar a producir. El dueño provee todos los elementos e insumos necesarios para la producción y luego se divide la cosecha en partes iguales. En algunas ocasiones los medieros podían ser familiares del dueño de la tierra.
Sus hijos no tuvieron la misma capacidad como emprendedores y cuatro de ellos debieron vender las tierras heredadas que no habían sabido administrar. Dos años mas tarde, la esposa de uno de ellos, Esther Ríos de Rivadaneira, se convirtió repentinamente en diaguita y volvió a reclamar, esta vez como cacique de Angastaco, las tierras que su marido había perdido y vendido y también la de sus otros cuatro hermanos que habían sufrido la misma suerte.
Uno de los perjudicados por este despropósito es su propio sobrino, Eduardo Rivadaneira.
Pero el colmo del delirio fue cuando el padre del cacique de La Poma, Telmo Salva, senador provincial durante 22 años, quien no se reconoce a sí mismo como diaguita, tuvo el deseo de apoderarse de una pequeña y hermosa finca de tres hectáreas propiedad del ingeniero electricista Edgardo Nieva y mandó a su hijo Armando Salva a encargarse del asunto. Este “diaguita” repentino metió de prepo, dentro de la casa de adobe donde vivía Nieva, 20 diaguitas a sueldo que se quedaron conviviendo con el legítimo dueño.
Cada día, durante más de cuatro años, el ingeniero, un corajudo y robusto hombre acostumbrado a las difíciles tareas del tendido de redes eléctricas en las montañas desérticas de la zona, tuvo que morderse los labios y apretar los puños y ver cómo estos intrusos usaban varias de las habitaciones y su propio baño, comían bajo su alero y recibían de manos del Cacique Salva o de alguno de sus secuaces lo necesario para no abandonar la posición ganada a la fuerza.
Conversando con el ingeniero, pudimos escuchar una desopilante versión de “Casa tomada” de Julio Cortazar, y asombrarnos de la paciencia casi budista de este fornido salteño que esperó en esas condiciones hasta que finalmente la justicia le dio la razón y los expulsó.
La metodología de los Salva, que además de Senador y Cacique tienen en la familia una ex diputada, Luisa Salva, quien actualmente es secretaria de comunidades aborígenes, es sencilla pero eficaz. La familia de Juan Francisco Bonifacio, un agente sanitario de la zona de La Poma, es un ejemplo claro del sistema.
Dos familiares de los Bonifacio , veinte años atrás, convinieron con ellos para arrendar sendas parcelas y se formalizó por escrito el convenio con registros firmados; pero en el 2011, por indicación de los Salva, se inscribieron en el padrón como Diaguitas, dejaron de pagar el arrendamiento y hoy reclaman las tierras como comunitarias.
Ya antes, otros dos Bonifacio se anotaron en el padrón y dejaron de pagar las tierras que usaban para cultivar alfalfa, cebollas y pimientos y las reclaman como propias. Muchos pobladores vallistos son tentados a convertirse por estos caciques truchos, que han conformado en nueva versión del puntero político, en originarios, con la promesa de que van a tener tierras comunitarias para labrar, tierras que probablemente nunca van a conseguir. A ellos no les importa el resultado final, solo quieren conseguir familias que signifiquen votos basados en una esperanza que difícilmente se haga realidad.
Una de las consecuencias más dolorosas de esto es que cada vez más se van enfrentando amigos, vecinos y parientes cercanos en un peligroso juego que de a poco va mutando hacia hechos de violencia; como pasó con el hijo de Juan Bonifacio, quien fue agredido -según denuncia- por hombres de los Salva y estuvo más de un mes en estado de coma y hoy padece una sensible disminución de sus facultades motrices.
En las afueras de la pequeña ciudad turística de Cachi, al borde de la Ruta nacional 40 se formó hace años un consorcio para el manejo del agua del Río Cachi que reúne a unas 400 familias. Esto se suele hacer cuando los recursos del río que lleva agua a las casas y cultivos es limitado.
De este modo se administra con horarios y cupos el agua que cada uno de los integrantes del consorcio recibe. Ahora la comunidad diaguita, dirigida por el cacique de origen alemán, con un grupo de apenas 30 familias de reclamantes, quiere copar el manejo del agua y distribuirla de manera arbitraria, desatendiendo al consorcio que lo hacía.
Mientras la disputa continúa, los pequeños productores comenzaron a sufrir actos de microterrorismo: por las noches, desconocidos rompen exclusas, tapan canales y desvían el gua de nuevo al río. Algunos de los habitantes, como la familia Portal, cuyo predio no supera las cinco hectáreas, se han quedado casi sin agua para cubrir las necesidades básicas de la casa donde viven; ni hablar de poder regar los cultivos que son su sustento.
Cerca de allí, en la localidad de Payogasta, conocimos a un campesino de apellido Colque que fue convencido a “diaguitizarse” para reclamar unas tierras que arrendaba a su primo, Guillermo Colque cuya familia es descendiente de Sixto Colque, un arriero que exportaba mulas a Chile y Bolivia y que tienen títulos que datan de 1897. El campesino decidió luego renunciar a su condición de diaguita ya que no quería enfrentarse a gente de su propia sangre y mantener la amable relación de siempre. Un ex diaguita.
Hace poco el instituto del aborigen de la provincia de Salta tuvo que negar a unos supuestos Mapuches que quisieron que se los reconozca como originarios en la zona de Tartagal, es decir a más de 2600 kilómetros de la zona donde realmente vivían.
Los verdaderos diaguitas son una etnia extinta por fusión con otras identidades que incluyen incas, aimaras tolombones, españoles calchaquíes y muchos de los habitantes de la puna, los valles bajos o el monte. Los verdaderos diaguitas, según el arqueólogo Rex González, habitaban en lo que hoy son las provincias de Catamarca, La Rioja y algo de Tucumán, pero no en la Poma o Cachi. Rex González, también sostenía :“no era posible interpretar con las crónicas los restos arqueológicos,…se pone todo el material que provenía de La Rioja y Catamarca, todo se lo coloca y se lo llama ‘diaguita’, es decir, el pueblo que encontró la conquista, los Cacanos: todo se interpretaba con las crónicas, no había trabajo sistemático en distintos sitios que nos diesen un orden de secuencia; es decir, cómo las culturas fueron transcurriendo en el tiempo. No había profundidad histórica ni relativa, ni absoluta. Todo era interpretado como perteneciente a los diaguitas”.
Según Mercedes Puló, ex profesora universitaria de pensamiento latinoamericano y ferviente defensora de la cultura de los Valles Calchaquíes, el origen de la palabra diaguita es también controvertido, habla de los españoles que encuentran, al sur, más abajo de Belén, al norte de La Rioja una tribu cuyo nombre, traducido del aimara era “de aquí”: “Yo no puedo afirmar esa versión de que la palabra o la combinación sean correctas. Yo tengo siete diccionarios aimaras y en ninguno aparece y tampoco en quechua”. Por otra parte su idioma se perdió aún antes de que lleguen los españoles ya que los incas forzaron a los habitantes de los territorios conquistados a hablar el quechua. El cacano, que era el idioma de la zona, se perdió mas de 500 años atrás y no se sabe siquiera cómo era ya que no quedó registro alguno.
En definitiva, lo que hoy queda de los diaguitas es una parte difícil de dimensionar de la sangre que corre por las venas de los vallistos, como les gusta llamarse orgullosamente a los habitantes de los Valles Calchaquíes, son la suma histórica de culturas diversas que incluyen por supuesto una dosis importante de generaciones de europeos que se fueron sumando desde la conquista hasta hoy. Franceses, holandeses, alemanes, etc., se han quedado encantados por la geografía del lugar y han aportado conocimiento que fue bienvenido y aprovechado por esa mezcla laboriosa y tenaz.
Mientras conversaba con Eduardo, nieto de Rivadeneira, bajo el sombroso alero de la casa, colmado de turgentes uvas negras, que se enredan y suben desde las bases de las columnas de adobe , no podía dejar de mirar hacia adelante donde se veía a lo lejos una pequeña meseta. Sobre ella, había un viejo y majestuoso pucará que dio el nombre a la zona. Mientras la voz del interlocutor contaba las historias casi épicas de su abuelo lenta y detalladamente , su relato se iba transformando en lamento por la angustia que provocaba en su familia la cruel y arbitraria conducta de su tía cacique.
Con mi vista fija en ese monumento arqueológico, pensaba que en tanto el Estado no cumpla con su deber, no habrá pucará que salve a esta gente de los nuevos predadores con licencia.
La versión oficial
​La “propiedad comunitaria” y los vacíos legales
Luis Gómez Almaraz, ministro de Asuntos Indígenas y Desarrollo Comunitario de la provincia de Salta, explica que “la finalidad de profundizar las políticas indígenas dentro de un marco del Estado de derecho, protegiendo los derechos de las comunidades en virtud de lo que establecen las normas constitucionales nacionales y provinciales” lleva a “reconocer esa posesión comunitaria pero también respetar el derecho de los terceros que tienen títulos registrales válidos”.
Gómez Almaraz admite un vacío legal en las normas: “Por un lado, la norma constitucional reconoce esa posesión de propiedades comunitarias a las comunidades que hacen una ocupación tradicional. En muchos de sus casos esas comunidades están asentadas en tierras fiscales y no hay problema. El gobierno provincial no sólo ha ido reconociendo esa posesión sino que ha ido entregando los títulos. El conflicto se da cuando esa comunidad está asentada en tierras privadas; en esos casos, hay un conflicto de normas donde la Constitución reconoce la posesión comunitaria pero por otro lado está el derecho privado y el titular registral es dueño de esas tierras”. Se trata de un conflicto en el sistema jurídico. Si bien el Código Civil reconoce los derechos de los pueblos indígenas, hace referencia a una ley que todavía no está, de instrumentación de la propiedad comunitaria, y que, en cierta forma, vendría a dar solución al conflicto en aquellas tierras que están en conflicto entre las comunidades y los titulares registrales. Otra situación particular en la zona de los Valles Calchaquíes es que en virtud de la ley 26.160, del 2006, que declara la emergencia en materia de posesión en propiedad comunitaria, se suspendieron las acciones legales de desalojo contra las comunidades. Esta ley prevé la posibilidad de hacer un relevamiento técnico-jurídico catastral de todas las comunidades que hay en el país, pero en este caso, sin que la provincia tuviera participación.

Por Gabriel Levinas
https://www.clarin.com/opinion/fantasma-diaguitas-disputa-absurda-cruel-valles-calchaquies_0_r1UFd1Pal.html

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