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Pueblo Originario | October 18, 2017

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América Latina cuarto mundo y la Indo – Hispanidad

América Latina cuarto mundo y la Indo – Hispanidad

Por Elena de la Souchere. El Imperio español que ha conocido la esclavitud y la servidumbre, jamás ha admitido, en efecto, la segregación racial. Los conquistadores de la primera generación estaban forzados, por otra parte, a elegir sus compañeras entre las mujeres indígenas ya que ninguna mujer española los seguía. 

Trivialidades y falsos problemas
Para despertar el interés del lector europeo y de ciertos intelectuales latinoamericanos en este texto, bastaría afirmar una vez más que América Latina es ahora, y siempre, en forma cada vez mayor, el campo donde se desarrollará la rivalidad entre Washington, Moscú y Pekín. Los que necesiten esta justificación para volver la mirada hacia los 250 millones de hombres y mujeres que pueblan las veinte repúblicas iberoamericanas, pueden suspender ya la lectura de este trabajo. No ha sido hecho para ellos.

¿Queremos decir con esto que aquellos pueblos escaparán al destino del Vietnam? Nada parece menos seguro. Pero si por fortuna ellos consiguieran sustraerse a la condición de víctimas destinadas a recibir todos los golpes de una guerra que no les concierne de ninguna manera, no por ello serían menos interesantes ante nuestros ojos. Al contrario. En una palabra, lo que nos interesa en América Latina es la América Latina misma, y no la jugada que puede representar para uno de los imperialismos rivales del mundo actual.
Este punto de vista es considerado escandaloso en Europa y en ciertos medios intelectuales iberoamericanos.
El redactor en jefe de un gran semanario parisino, que desde hace tiempo encarna la buena conciencia de la izquierda francesa, decía hace un tiempo a un repórter que partía hacia México: «No se olvide que nosotros nos interesamos exclusivamente en el aspecto triangular del problema latinoamericano. América Latina, sí, pero con Washington de un lado y Moscú (o Pekín) del otro». Los periodistas europeos conocen esta exigencia y sufren una necesidad de justificación apenas abordan un tema ibero-americano. ¿El coronel Fulano amenaza con su rebelión la paz de una de las pequeñas repúblicas del Caribe? El repórter europeo empieza por afirmar que el coronel, al ser, por fatalidad militar, un protegido de Washington, es pues necesario, evidente, demostrado, que su adversario, el profesor Gómez, representa el partido de Moscú. Y uno se estremece al pensar qué podría acontecer al universo si el equilibrio de las fuerzas se encontrase amenazado a menos de dos mil kilómetros del canal de Panamá. Después de este preámbulo, el periodista apaciguado, justificado, puede pasar al examen de los hechos reales.
El primero de esos hechos reales es la firme indiferencia que los dos «grandes» inspiran al profesor, al coronel y a la inmensa mayoría de los latinoamericanos, con excepción de un puñado de plutócratas cuya fortuna está depositada en los bancos de Wall Street o de algunos miles de estudiantes cuyo corazón late provisoriamente por Moscú (o por Pekín). Los hermanos enemigos de esta pequeña república sólo dedican un pensamiento fugaz a los Estados Unidos («¿Cómo reaccionarán?»), y no han pensado un solo segundo en la Unión Soviética. ¿A qué móviles obedecen entonces? Pues a sus amistades tradicionales y a sus odios ancestrales, a sus ambiciones, a sus prejuicios, a sus creencias, a las reformas que esperan y a los intereses que quieren proteger. En una palabra, han pensado en ellos mismos y en su propio país, como todos los hombres y esto es lo que los intelectuales europeos no serían capaces de concebir. Si ser latinoamericano consiste en pensar a veces en sus propios asuntos, ¿cómo se puede ser latinoamericano? Todo lo que en América Latina no es «triangular» obedece a un folklore indigno de una pluma europea progresista. Sólo escapan a esta común maldición, los niños harapientos y las favelas, que son materia prima de la propaganda. Pero el trabajo y la eficacia carecen de toda virtud proselitista. Si estuvieran al servicio de los intereses norteamericanos, presentarían sin duda cierto sentido para los unos. Los otros los declararían contrarios al sentido de la Historia, que es todavía una manera de tener algún sentido. Pero la eficacia al servicio de América Latina es decididamente folklórica. Y folklóricos son los esfuerzos y las esperanzas de los hombres, sus triunfos y sus desilusiones. Folklórico el paciente trabajo de edificación de un mundo. Y folklóricas las doscientas mil víctimas de la «violencia» en Colombia. Que se pudran en el olvido esos muertos inútiles que han tenido la torpeza de hacerse matar en una lucha civil no «politizada».
En el caso de la mayoría de los europeos, esta actitud depende menos, por otra parte, de un prejuicio ideológico que de una concepción inmovilista de la Historia, puesta al servicio de un egocentrismo instintivo. Es despreciable a sus ojos todo lo que no amenaza sus vidas o sus intereses, en una palabra, todo lo que conduce a una guerra general. Y están persuadidos que sólo los dos «grandes» tienen sobre la humanidad un poder de vida o muerte. Así, en el siglo pasado, la gran mayoría convencida de que sólo Inglaterra, Francia y Alemania tenían el privilegio de escribir la Historia, acogía con una indiferencia irónica las obras de Tocqueville que anunciaban el papel futuro de Rusia y los Estados Unidos.
Esta beata certidumbre, apenas conmovida por los acontecimientos del período 1914-1939, fue barrida por las evidencias de la segunda guerra mundial.
La América del Norte y la Unión Soviética escaparon entonces a su condición marginal, casi folklórica, para ser promovidas en un instante al rango de potencias omnipresentes e invencibles, dueñas del Universo por los siglos de los siglos.
Pero la Historia, que no se ha detenido sobre «la azulada línea de los Vosgos» y sobre los campos de batalla de Lombardía, tampoco se inmovilizará sobre las posiciones estratégicas, los ejes de comunicación y las líneas de fuerzas que son hoy el teatro de la confrontación ruso-norteamericana. Ya hoy, la derrota de las armas norteamericanas en el Vietnam, la rebelión de los ghettos negros en los Estados Unidos y la eclosión de los nacionalismos en la Europa del Este muestran que entre los poderosos y los débiles, la distancia no era tan grande como uno creía, que los imperialismos contemporáneos son tan perecibles como los de antaño y que la duración de su hegemonía será verosímilmente más corta.

La tierra virgen
Si la Inglaterra y Alemania en el siglo pasado, potencias soberanas y ya frágiles, encarnizadas en entre matarse, anunciaban en más de un rasgo a los «grandes» de nuestro tiempo, la América Latina de hoy evoca a la Rusia y a los Estados Unidos de la época de Tocqueville. Ella es la tierra nueva de recursos casi intactos, el espacio apenas desflorado por la labor destructora del hombre. Para medir la importancia de este privilegio, para dar toda su frescura, toda su significación, al término de «Nuevo Mundo», conviene tener presente el hecho de que el hombre forja la Historia destruyendo el medio natural, exterminando toda vida animal, agotando el suelo entregado a la erosión por la masacre de los bosques, por la contaminación de los ríos y de los océanos. Este gigantesco trabajo de aniquilación, que hace cuatro mil años que se está realizando en China, se inició en América Latina hace menos de cuatro siglos. Si en nuestros días, ciertas materias primas -el petróleo venezolano, el cobre chileno, el estaño de Bolivia- han sido explotadas sin ningún cuidado de preservar las reservas, no es menos cierto que el suelo, incompletamente explorado, del continente latinoamericano, encierra aún minerales ignorados. Inmensas extensiones de bosques y de sabanas que aún no han sido tocados, selvas en las que el hombre jamás ha penetrado, macizos montañosos anónimos que figuran en blanco en los atlas, prometen un largo porvenir de prospección y de explotación. Estos espacios subexplotados son también espacios subpoblados, a pesar de la «explosión demográfica » de los últimos veinte años. Doscientos cincuenta millones de seres humanos sobre 21 millones de km2. el contraste entre estas dos cifras subraya la despoblación en una forma caricaturesca y, en suma, inexacta ya que no tiene en cuenta los espacios negados al hombre: zonas áridas, cumbres nevadas, bosques semiecuatoriales. Pero, haciendo abstracción de estos espacios inútiles, se logra aún así una tasa de densidad excepcionalmente baja. América Latina es una de las escasas regiones de globo en que la raza humana puede aún permitirse crecer y multiplicarse por algún tiempo sin riesgo de alcanzar la frontera peligrosa de la superpoblación.

La Indo-Hispanidad
Tan rica de futuro como el África, la América Latina es aún más rica de experiencia y de pasado, pero de un pasado madurado en tierra europea.
Los conquistadores y los inmigrantes ibéricos han aportado a los pueblos autóctonos su lengua y su credo, su cultura y su modo de vida, y también las ciencias y las técnicas del mundo occidental. Esta unión de dos civilizaciones ha estado precedida de una unión de razas. Y los esclavos negros, venidos a la zaga de los conquistadores, y bien pronto unidos a las mujeres indígenas, han estado sometidos a una hispanización profunda y se han perdido, a su vez, en la masa de la población.
El Imperio español que ha conocido la esclavitud y la servidumbre, jamás ha admitido, en efecto, la segregación racial. Los conquistadores de la primera generación estaban forzados, por otra parte, a elegir sus compañeras entre las mujeres indígenas ya que ninguna mujer española los seguía. Los relatos de la época muestran que los ibéricos y las indígenas formaron uniones a menudo sancionadas por un casamiento legal. La Corona y la Iglesia ejercieron en muchas ocasiones presión sobre los primeros ocupantes para llevarlos a casar con sus concubinas y a legitimar a sus hijos. Así, ya en pleno el siglo XVI, el joven mestizo Martín Cortés, hijo del conquistador de México y de la Malinche, su amante indígena, figuraba entre los pajes del Príncipe de Asturias, el futuro Felipe II y algunos años más tarde, otro mestizo, Garcilaso de la Vega, hijo de un gobernador español y de una princesa inca, podía servir en el ejército metropolitano con el grado de capitán. Gran escritor de lengua española, él evocó en sus escritos el recuerdo de los Incas y fijó para siempre –no sin cierta fantasía- el pasado de una raza sin escritura. Precursores y símbolos, Martín Cortés y el Inca Garcilaso fueron, en sus países respectivos, los arquetipos de una raza naciente, los Adanes de un mundo nuevo los grandes mitos femeninos que simbolizan esta unión de las razas. La Malinche -la tránsfuga-, la Llorona -la mujer seducida y abandonada- y la Chingada -la madre abierta, violada, engañada-, encarnan las tres a la patria precolombina sometida al Chingón, el macho, el conquistador español. El mexicano se considera como hijo de la Chingada, «criatura de la violación, el rapto y el engaño». Y de hecho, España no se contentó, a la manera de los otros pueblos colonizadores, con anexar los territorios: ella ha anexado hombres. En tanto que los otros sistemas coloniales descansan sobre la explotación económica y la segregación racial proclamada o implícita -cuando no se trata de la exterminación pura y simple de las razas autóctonas-, Octavio Paz señala que el colonialismo español concedió un lugar al indígena, no en tanto que objeto de producción, sino en tanto que ser humano. Hombres explotados y mujeres sometidas eran sin embargo considerados como criaturas humanas, cuerpos susceptibles de unirse a cuerpos españoles, almas prometidas a la salvación o a la condenación.
Esta concepción implicaba el mestizaje, no solamente tolerado sino alentado, la conversión forzada y la hispanización. El indio ha perdido su lengua, su raza y sus dioses debido a una violación total, la de su personalidad, y España ha creado así una realidad irreversible: ella estará eternamente presente en cada individuo. Y, de hecho, es en vano que cuatro siglos después del nacimiento del Inca Garcilaso, otro mestizo peruano, Raúl Haya de la Torre, fundador del APRA, quiera dar por primera vez a un movimiento reformista un contenido indígena. Sus teorías no suscitaron sino un débil entusiasmo en las masas indígenas del Perú, enfrentadas al angustioso problema de la subsistencia cotidiana. Por eso, el jefe mismo comprendió la necesidad de poner el acento en los problemas económicos y sociales. Un retorno a la pluralidad de dialectos y de grupos étnicos sería por otra parte contrario al gran movimiento que lleva a las naciones ibero-americanas a unirse frente al coloso del Norte. Estos agrupamientos, aún combatidos por las feudalidades locales y los patriotismos de campanario, no pueden fundarse sino en la comunidad cultural. La lengua española sigue siendo el más eficaz vínculo entre los países liberados de la tutela de España.
Esta contradicción explica la singular evolución de los movimientos reformistas y revolucionarios que, en México, en Bolivia y en otros países, se han sinceramente esforzado por mejorar las condiciones de los indios. Al multiplicar las escuelas y al trazar nuevas rutas, al favorecer el desarrollo económico y el intercambio comercial, estos regímenes innovadores han acelerado al fin la hispanización de las poblaciones autóctonas que aún vivían en comunidades, fieles a las costumbres ancestrales. El debilitamiento de los prejuicios y la nivelación de las condiciones sociales favoreció también la mezcla de razas. Por eso, México, teatro de la revolución que trastornó más profundamente las estructuras y las relaciones sociales, es, de todos los países del continente, aquél en que el mestizaje es más profundo.

La América española no es más que un recuerdo.
La América indígena no puede resucitar. La América Latina no ha sido siempre sino un término escolar, útil pero desprovisto de contenido. Pero la Indo-Hispanidad se forja cada día en los hogares y en las escuelas. Ella se transforma en realidad carnal, social y psicológica. Esta observación no es, por otra parte, igualmente válida para, ! todos los pueblos latinoamericano! Hay un abismo entre el mexicano que quiere ser azteca, sin dejar de estar plenamente consciente de la importancia de los aportes hispánicos, y el argentino que ha olvidado de buena fe sus lejanos ascendientes indígenas. Al estudiar la formación étnica de los países templados de la América del Sur se tiene la ocasión de comprobar que todos los pobladores autóctonos no han sido exterminados o rechazados hacia regiones marginales, y que núcleos relativamente importantes de poblaciones indias o negras han sido sumergidos, «blanqueados», durante el siglo pasado, por la avalancha de los inmigrantes europeos. Si se tienen en cuenta estas diferencias, se puede definir toda la América Latina como una sociedad multirracial de cultura ibérica, es decir: europea y esta doble característica es rigurosamente única en el mundo. Por todas partes, el mestizaje sólo se presenta bajo la forma de casos aislados. Aquí -en los Estados Unidos, en el Canadá, en Australia, en África del Sur-, Europa continúa su historia en continentes extraños, despojando o manteniendo a distancia a las razas «de color».
Allí -en Asia y en África-, las potencias coloniales dejan detrás de ellas, al retirarse una masa autóctona intacta, que vuelve a la verdad profunda de su lengua y de su cultura, de sus creencias y de su modo de vida. Pero, para enfrentar la concurrencia de los países desarrollados, para sustraerse, al menos en cierta medida, a su dominio económico y a su influencia política, estos pueblos deben echar mano a las técnicas y a las ciencias occidentales, más universalmente soberanas que en la época en que eran directamente dominados desde el punto de vista político por el Occidente. Los Afro-asiáticos, recién emancipados, las toman de prestado como si se tratase de un vestido extraño, para mejor preservar la originalidad de su cultura; y para permanecer siendo del todo ellos mismos, deben aprender a razonar a la manera de los Occidentales. Pero los pueblos indo-ibéricos ignoran esta contradicción, en la medida en que sienten con angustia su condición de hijos de la Chingada. En el mismo momento en que se sienten hermanos de todas las razas sometidas de la tierra, pueden decir: «Nuestro cerebro está hecho de la carne y de la sustancia de los que han forjado las técnicas del mundo contemporáneo. Nuestras ciencias no son ajenas a nuestras lenguas, a nuestras creencias, a nuestro pensamiento. Unos y otras son hijas de la misma cultura, madurada en territorio europeo.»
La profundidad de la hispanización del Nuevo Mundo se explica ante todo por la larga duración de una dominación que fue prolongada, al menos sobre el plano étnico y cultural, por las grandes corrientes migratorias que tuvieron su nacimiento, a fines del siglo XIX, y a comienzos del XX, en los secanos de Castilla y de Andalucía. Para comprender la realidad indo-ibérica hay que volver siempre a esta noción de tiempo. El descubrimiento y la colonización de las Indias
Occidentales precedió en cuatrocientos años al gran fenómeno colonialista del siglo XIX. De las violencias de la conquista a la organización administrativa, del neocolonialismo engendrado por la coexistencia a los esfuerzos de la Corona para introducir más justicia en las relaciones interraciales, del antagonismo de intereses entre la metrópoli y los colonos al derrumbe del Imperio, el mundo indo-español recorrió, entre el siglo XV y el comienzo del XIX, las etapas de un proceso histórico que las otras potencias europeas y los países afro-asiáticos debían recorrer de nuevo entre 1830 y la época actual.
La Indo-Hispanidad había realizado su «descolonización» política mucho antes de la corrida colonialista del siglo XIX. Y cuando los Kitchener y los Gallieni, calzando las botas de Cortés y de Pizarro, se lanzaron a la conquista del mundo afro-asiático, las jóvenes repúblicas iberoamericanas estaban a punto de caer bajo una dominación de otra naturaleza: entraban en la era del neocolonialismo económico. Y hoy, los castristas y los movimientos nacionalistas democráticos, esos hermanos rivales, se esfuerzan por combatir por medios diversos la dominación económica norteamericana, en momentos en que los Nasser y los Sekou Touré, esos Bolívares del siglo XX, apelan a la ayuda económica y a la técnica extranjera para dotar de una infraestructura a sus países recién liberados de la dominación política europea. La era neocolonialista debuta en el Tercer Mundo en el momento en que termina en la América Latina.
Así, siempre adelantados un ciclo histórico, los países indohispánicos ya han vivido en el pasado los días actuales del Tercer Mundo. Y las naciones afro-asiáticas pueden contemplar su porvenir en el espejo del presente hispánico. Extranjera al mundo occidental y al mundo eslavo por sus raíces indígenas, la Indo-Hispanidad está separada del Tercer Mundo por los aportes ibéricos de los que se ha alimentado su civilización y por el nivel del pasado acumulado que ella ya ha alcanzado. Ella constituye un mundo aparte: el Cuarto Mundo.
Los hombres de Estado, los intelectuales, los estudiantes de los otros continentes, sacarían beneficio en meditar sobre este destino impar. Si se hubieran acordado de la decadencia española, los nostálgicos del colonialismo, habrían comprendido que los imperios son perecibles y el ejemplo indo-hispánico habrá de permitir a los dirigentes del Tercer Mundo medir los peligros del neocolonialismo y aprender a burlar sus trampas.

El mundo del mañana
La actual circunstancia ibero-americana no es solamente ejemplar: está preñada de porvenir. Un tan alto nivel de cultura y de evolución histórica sobre un territorio tan joven: este encuentro de factores antagónicos predestina a la Indo-Hispanidad a ser la gran civilización del siglo próximo. Le bastaría, por otra parte, reunir a esas naciones dispersas, organizar, llenar su espacio, para convertirse, por el doble peso del número y de la extensión, en uno de los «grandes» del mundo del mañana, uno de los sujetos de la Historia. Pero ninguna herencia se gana de antemano. El porvenir puede perderse. El constituye incluso el único bien amenazado, ya que el pasado está perdido y que el presente se vuelve pasado en el instante mismo en que es vivido. Bastaría a la América Latina ceder a la cólera y a la impaciencia, dividirse, desgarrarse en una guerra civil que decimara la población, paralizara la obra de edificación y destruyera las adquisiciones industriales de los últimos decenios, para convertirse en el coto cerrado y el instrumento de una guerra extranjera, en el objeto de la codicia y de los cálculos de los «grandes», y -aunque más raramente- en un objeto de piedad, lo que es también otra manera de ser un objeto de la Historia.
¿Las nuevas generaciones cederán a la tentación de la guerra civil? ¿Seguirán por el contrario a los que buscan echar los fundamentos de la futura comunidad de los pueblos iberoamericanos?
¿Escucharán a los que quisieran que la primera bomba de la tercera guerra mundial caiga sobre tierra hispanoamericana, o a aquellos otros que al firmar el tratado de «desnuclearización», han puesto a América Latina al abrigo de un eventual cataclismo atómico? En una palabra: ¿la Indo-Hispanidad será el sujeto o el objeto de la Historia? Tal es la cuestión esencial. Su alcance sobrepasa singularmente las que se plantean habitualmente a propósito de América Latina. Aún con la óptica generalmente admitida hoy, importa poco que sus desgarramientos internos ofrezcan a uno de los dos «grandes» la ocasión de marcarse algunos puntos provisorios. Pero es, por el contrario, singularmente importante saber si América Latina perderá su porvenir en las querellas del presente o si logrará preservar y construir en ella misma el mundo del mañana.

ELENA DE LA SOUCHERE
America latina, Cuarto Mundo
http://www.periodicas.edu.uy/Mundo_Nuevo/pdfs/Mundo_Nuevo_25_jul_1968.pdf

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