Los Inkas en Catamarca: Los Imperios

Podemos caracterizar a los imperios como estados expansionistas que asumen un control efectivo sobre otras entidades políticas de variado alcance y complejidad.
Las autoridades centrales de estas entidades políticas comparten dos estrategias: 1- mantener la seguridad del núcleo político y 2- garantizar la extracción de recursos desde los territorios expandidos para beneficiar un segmento limitado de la población (Adams 1979).
Para alcanzar este nivel de dominación el estado empleó una serie de combinaciones de controles coercitivos y persuasivos que tomaron forma militar, política, económica e ideológica.
La vía militar posiblemente fue utilizada para establecer el dominio, pero el poder político y económico fue un mecanismo más eficiente de consolidación del control.
En el desarrollo de estas entidades políticas existieron dos rasgos esenciales: uno político y otro económico. El primero reside en la extensión de la soberanía del núcleo imperial sobre los sistemas políticos sometidos. El segundo se encuentra en la reorganización del trabajo y del intercambio, tanto dentro de las poblaciones sometidas como del núcleo estatal (D’Altroy 1987: 4).
La elite gobernante del imperio en expansión disponía de una serie de estrategias potenciales para consolidar su control sobre los grupos sometidos. En los extremos del continuo de opciones se encuentran el control territorial y el control hegemónico (Luttwak 1976; Hassig 1985). Estas estrategias se definen de acuerdo con la forma de establecer la seguridad o control militar y de acuerdo con la integración política, económica e ideológica.
| Intersecciones en Antropología58 Año 1, Nº 1, 2000
Los imperios hegemónicos se caracterizan por ser sistemas de bajo control y baja extracción (Hassig 1985: 101). El gobierno imperial y el control del bienestar se coloca en manos de gobernantes de una serie de entidades políticas clientes. El sistema político de clientes se mantiene gracias a la subvención de las elites y del poder militar en reserva del estado central, mientras que el grueso de la mano de obra y los recursos invertidos en lograr la seguridad militar son aportados por lo clientes mismos. Esta estrategia es típica de los estados en expansión y aparentemente durante las primeras décadas de la expansión inka.
El control territorial implica la ocupación directa del territorio y el gobierno directo de sus habitantes. El núcleo ejerce el control de la política exterior y doméstica de los grupos sometidos. El control territorial tiene una estrategia de alto grado de control y extracción.
Por su parte la integración económica de los territorios sometidos varía a lo largo de un continuo desde el control directo al indirecto. La extracción de recursos en territorios sometidos, que caracterizó a los imperios arcaicos, podía lograrse a través de la intensificación de la producción, la reorganización del trabajo y el control de ciertos tipos de intercambio dentro de las poblaciones sometidas. En una estrategia territorial, la extracción y la forma de intensificación están más directamente en manos de una jerarquía central. Los tipos de productos extraídos y los lugares de consumo también están directamente relacionados con la estrategia general de extracción. Debido al costo del transporte de los productos, que es proporcional a su volumen y a la eficiencia del sistema de transporte, los bienes de subsistencia tenderán a ser extraídos de territorios relativamente cercanos a sus puntos de consumo. Los artículos suntuarios pierden menos valor en el transporte y por lo tanto se mueven más efectivamente para lograr la integración interregional (D’Altroy y Earle 1985). En un sistema hegemónico se produce una proporción mayor de productos de gran volumen para consumo dentro del mismo territorio nuclear que en el caso de un sistema territorial.
Un rasgo común de los imperios tempranos fue la construcción de una infraestructura física para facilitar la administración, incluyendo el establecimiento del transporte y las redes de comunicación. Las relaciones periódicas tendieron hacia el clientelismo en el perímetro del imperio y en las primeras etapas del desarrollo, mientras que cerca del núcleo y en las últimas etapas del desarrollo, las relaciones tendieron a la burocracia.
La competencia crónica de facciones por el poder entre la parentela real inka, que debilitaron o socavaron el poder político, fue también una constante en el mundo andino.
Desde el punto de vista económico la implantación por parte del imperio del sistema de corvea para las necesidades de subsistencia imperial no fue inusual. En forma similar, la creación de recursos económicos imperiales y los códigos de labor, acoplados con restricciones sobre el intercambio local independiente tampoco fue desconocido. También se llevaron a cabo los reasentamientos forzosos por razones de protección y económicos, típicos de los imperios tempranos, así como la promulgación de una cultura, una religión y una lengua imperial (D’Altroy 1992: 10).
Es importante conocer la naturaleza del poder en las relaciones sociales en un imperio. El poder en este contexto es considerado como la capacidad de una de las partes a ejercer y alcanzar objetivos para producir una serie de respuestas deseadas, aunque a través de la coerción, persuasión, recompensa o una combinación de ambas, distinguiéndose el poder de la autoridad. Al primero lo podemos caracterizar como la capacidad de la fuerza, en cambio la autoridad sería la capacidad para inducir en virtud del oficio o del estatus de quien lo ejerce.
En los análisis de las formas de gobierno a menudo se consideran en forma separada dos variables: persuasión y fuerza. En general se trata de alcanzar un balance efectivo entre ambas bajo circunstancias diversas aunque es conveniente considerar ambos aspectos simultáneamente. Este acercamiento es importante, especialmente cuando evaluamos las estrategias sobre las bases de consideraciones energéticas, ya que el uso considerado de persuasión es el medio más efectivo disponible para reducir los costos invertidos en la coerción.
Para esta propuesta analítica, es útil seguir a Mann (1986: 2) quien examina cuatro clases de poder que operan dentro de las relaciones sociales: política, económica, militar e ideológica.
Los estados tienen la capacidad y habilidad de procesar información, tomar decisiones y compeler la implementación de otras decisiones, en parte porque los estados están más internamente especializados y ordenados jerárquicamente (Johnson 1973; Wright y Johnson 1975). Las jerarquías en el estado están formalmente divididas en posiciones, rangos o subunidades por cuanto varias clases de autoridad entre los señoríos están típicamente revestidos en el mismo oficio. Como una consecuencia, las actividades políticas desarrolladas por los imperios tempranos heterogéneos no pueden ser tratados como uniformes tanto entre el centro imperial y los grupos dominados como entre y dentro de los mismos grupos dominados (D’Altroy 1992: 11).
En suma, las estrategias imperiales dependen de una mezcla compleja de diferentes fuentes de poder que dependen de las capacidades de organización y recursos del centro y de las variadas unidades políticas subordinadas.

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